12. Amaya

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NALENJEM. TRES MESES DESPUÉS

«Belleza celestial, cabellos oscuros, fuertes hombros, piel tostada, ojos tan naranjas como una hoja en otoño...».

No podía quitármelo de la cabeza, no podía dejar de evocarlo, de pensarle. Era desquiciante saber que tendría que obligarme a deshacerme de todos esos recuerdos para así poder volver a ser yo misma, porque sin importar el corto tiempo que pasé a su lado, ahora mismo me sentía como un ser extraño, ausente, como si mi cuerpo estuviese en este lugar, pero mi alma en otro.

La voz de esa sirena me llama desde un bello atardecer, instándome a volver a caer en su hechizo. Se sentía como el soplo desesperado del viento, ejerciendo su poder de convencimiento.

—Esta vez no, no iré —vuelve a llamarme, al tiempo que el viento mueve mi cabello trenzado, como si se aferrase a cualquier parte de mí—. No, no voy a ir a él.

Tal vez exageraba, tal vez todo era producto de mi imaginación, tal vez solo era que el halcón me había impresionado demasiado, tal vez era haber comprobado cuánto podemos parecernos a esos seres alados. Me había deslumbrado su lealtad y la manera en que demuestran valor, alzando la cabeza, viendo a la muerte con certeza.

«Sí, eso debe ser, es solo una impresión», busco justificar mis pensamientos bajo ese esquema, aunque en el fondo sepa que no estoy siendo sincera.

El jardín despide los aromas de la primavera; flores silvestres, pasto verde humedecido tras ser hidratado por el agua de la lluvia. Las bancas de piedra que rodean el jardín, han sido expuestas al musgo de la temporada, que se adhiere a la superficie para dar colorido a algo que por naturaleza es gris.

Hoy, tratando de seguir mis instintos y liberarme de todos los pensamientos que reconstruyen a Demian en mi mente, escapé de mis deberes y busqué esconderme de las miradas ajenas de la corte de mi madre; ojos perspicaces que, a últimas fechas, se mostraban interesados por lo que creían era una actitud esquiva, abstraída en pensamientos que no gustaba compartir.

«Luces cansada, luces ausente, luces diferente», eran las palabras más comunes, las más frecuentes, dichas por los cortesanos que se paseaban por la corte del clan de los lobos y que seguían a mi madre, constantes, ofreciendo sus servicios, sus dotes, sus dones.

Había vuelto hacía un trimestre, tiempo suficiente como para desintoxicarme de cualquier presencia, de cualquier esencia, pero eso no ocurría, no avanzaba, no podía cambiar de página. Por el contrario a todas mis creencias, Demian parecía incrustado en mis huesos, como si se tratase de una sanguijuela chupasangre que se alimenta de mi caletre, ocultándose en lo profundo de mi cerebro para anidar y guardar todos esos sentimientos que a mí me urgía desterrar.

¿Qué pasaría si nunca se iba? ¿Qué pasaría si nunca dejaba de pensarle? No entendía mi comportamiento, mucho menos podía sacar un análisis de ello, solo trataba de desaparecer su recuerdo, así como había logrado deshacer su aroma de mi cuerpo, algo que en el fondo lamentaba.

—Ese libro debe ser sumamente interesante —la voz cantarina y dulce de mi hermana me saca de mi ensoñación, haciéndome levantar la cabeza para verle directamente.

Es verdad que tengo un libro abierto en el regazo y que las palabras de Anelyse han sido la viva voz de la pulla, puesto que en realidad veía el horizonte, perdida en el color naranja que despide, tan parecido a los ojos de un halcón. El naranja, mi nuevo color favorito en el mundo entero.

Anelyse se acerca, con ese andar refinado que la ha caracterizado toda la vida. Es demasiado parecida a mí, por algo es mi hermana; cabello rubio, largo y ondulado, mismo que siempre lleva suelto, mientras que yo lo llevo tranzado o atado, a fin de facilitarme el entrenamiento. Su cuerpo es esbelto, pero torneado, de pequeña estatura, mismo tono de piel, mismas características físicas.

Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora