16. Amaya

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CASTILLO DE NALENJEM.

UN MES DESPUÉS.


Siete meses, un plazo prolongado para sentirme tan abatida por dentro, tan derrotada, tan poco amenizada con mi gente y con aquello que en un momento me hizo sentir que pertenecía a un sitio.

Los ríos ya no pronuncian sus cantos de la misma manera, el viento ya no sopla con fuerza, la tierra mojada ya no me produce la misma satisfacción al sentirla bajo mis cuatro patas, el acto de retozar junto a un lobo atractivo ya no me satisface.

«Comienzo a ahogarme», me turbo al ver la espalda desnuda del macho que me acompañaba esa noche. Lo había conocido la velada anterior durante el baile de apertura. Su cabello escarlata me cautivó durante horas, convirtiéndose en algo fascinante, tal vez había sido el influjo de la hidromiel.

El festival de la cosecha se llevaba a cabo esa semana, a días de la primera nevada. La finalidad consistía en gritar a la tierra madre que estábamos listos para recibirla, de esa forma, ella nos agradecía con nuevas espigas que alimentarían a nuestra gente todo el año. Los bailes y la comida, eran clave para la convivencia, forjabas lasos y creabas grupos, esa era la mejor forma de conocer gente nueva.

Este chico era un desconocido, ni siquiera podía recordar su nombre. «¿Patrick, Pewow, Portos?, ¿era algo con Pe», no lo evocaba.

La vergüenza tiñe mis mejillas.

Y ahora, en medio de la oscuridad de mi alcoba, veía mi intento de desahogo, y no dejo de pensar en que, al igual que muchos, no ha conseguido mantener mi atención lo suficiente como para darle una segunda noche, no ha logrado compensar mi necesidad y eso me exaspera, porque en el fondo deseo sentirme satisfecha.

Muevo de forma brusca la espalda del lobo, que se remueve con mi intento de despertarle. Al ser consciente del dónde se encuentra, se gira para darme una amplia sonrisa.

Al parecer él sí lo pasó bien.

—Hola, mujer hermosa —me dice, meloso. Puedo jurar que siento nauseas al saber que ese cuerpo ha estado a mi lado durante horas.

Me siento sucia.

—Es hora irse —indico, levantándome de la cama, mostrando mi cuerpo solo unos momentos, tiempo suficiente como para tomar mi bata y colocármela encima.

—Pero ¿hice algo indebido? —parece confundido, tanto que podría sacarme de quicio.

—No suelo dormir con nadie, el sexo es solo eso: sexo. Mis prioridades son elementales, como el hecho de tener que estar mañana temprano en la apertura del último evento de invierno. No podría disfrutarte como es debido —comienzo a recoger su ropa para dejarla sobre la cama al ver que no reacciona, que no se levanta.

—¿Podríamos vernos después del evento? —me pregunta, con duda, como si de pronto ya no fuese ese macho seguro de sí mismo, el que se había mostrado encantador a noche.

—No —le aclaro, dejando sus botas a su lado— y si me disculpas, tengo asuntos que atender. Uno de los sirvientes te llevará afuera —camino hasta el cuarto de baño, dejándole sobre la cama con un gesto de total sorpresa, como si no se pudiera creer mi actitud agria, cuando me había mostrado tan apasionada.

La noche había sido buena, no podían negarlo, pero incluso así no me sentía saciada, no me sentía dentro de mi cuerpo ni siquiera en este lugar, rodeada de mis pertenencias.

Mi esperanza sería el tiempo y que, pasados los años, mi espíritu extirpara la espina que supone mi vida.

...

Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora