26. Amaya

124 15 6
                                        


...

HOTEL AMAL.

CIUDAD DE WANAN.


No entiendo cómo es que hemos llegado al hotel.

El camino fue largo y complicado, considerando que no hemos podido dejar de besarnos, de tocarnos.

La luna está en su punto máximo, esplendida, gloriosa. Extrañamente ilumina la cama de mi habitación, como si estuviese alumbrando el sendero que he de tocar, que he de bautizar con el ave de presa que trataba de mostrarme esta nueva manera de amar.

Demian no deja de tocarme, no deja de acariciarme. Me besa, me muerde, me lame, es un total y desenfrenado ir y venir de sensaciones carnales.

Me deja caer en la cama, mi espalda de inmediato se acopla a la suave textura, mientras que soy despojada de la larga falda de holanes azules.

Esta noche pretendía buscar a Demian, allí, donde Dennis había ido a reunirse con él. Para mi sorpresa, al llegar lo he visto bailar con una chica bella y jovial. Él reía con ella, se movía con ella, disfrutaba con ella. No pude ver más, simplemente tomé al primer macho que vi y desplegué mis maniobras, haciéndole caer a mis pies como un cordero en dirección al matadero. Mi celo jugaba a favor y en contra mío.

Cuando le vi pelear de esa manera por mí, supe que sí le importaba, que sí le afectaba y que, definitivamente, me avivaba.

El resto es historia.

Me abre la blusa de un tirón, los botones se disparan al aire en una ráfaga pasional que me vuelve loca. Mientras que él goza con mis pezones rosados, endurecidos tras el placer provocado, yo me deleito desnudándolo, arremetiendo contra sus prendas de la misma manera que él ha hecho. No encuentro manera de controlar lo que profeso; el corazón me va a estallar, el aire me falta, el estómago me pincha ante tanta expectativa.

Le necesito ahora, ahora...

Las agujetas de su pantalón son duras, pero no lo suficiente como para no ceder ante mis audaces dedos, que logran llegar a su desnudez con una destreza arrasadora, liberándole. Me abastezco de la visión, de su soltura, de sus músculos marcados, de esas entradas en uve que culminan en su hombría palpitante, deseosa de mí.

Anclo mis talones por detrás de sus rodillas y le hago descender, justo sobre mí. Demian es cuidadoso, me ve; sus ojos completamente oscuros ante el deseo, como si el ave de presa que es se asomase para advertirme y contar los poros que conforman mi rostro.

Besa mi cuello, se deleita lamiéndolo. No se detiene, no declina.

Siento su cadera abrirme por completo, haciéndose espacio para poder moverse con libertad.

Es entonces que se adentra de apoco, partiendo mis pliegues ante su cuerpo. En un punto me siento completamente llena, anclada a él, extraviada en la sensación, como si ya nada fuese a ser igual después de esto, como si el pasado se materializase en un punto presente para coronar el momento como el desquicio sordo de los temores.

Entonces comienza, el dolor, el ardor, uno que incrementa, como si me incendiasen las manos, como si tuviese llamas carcomiendo mis dedos. Extrañamente, el placer es magnifico y tan intenso que no deseo por nada del mundo que pare, pese a sentir que me quemo en carne viva.

—¡Ay, mierda! —expresa, mordiendo mi cuello con mucha fuerza—. No me pidas volver a ser el mismo después de esta noche, loba, porque en definitiva, jamás podré recuperarme... —su voz es el vivo sonido de la excitación y algo que sé identificar como dolor. Yo solo quiero responder que es igual de mi parte, que me acabo de perder en este mundo nuevo y que ya no quiero volver.

Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora