1. Amaya

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NALENJEM, TIERRA DELOBOS.


Suspiro, armonizando mi respiración al son de mi trémulo corazón.

Estoy segura de que la chica de cabellos castaños sentada detrás de mí, puede escuchar claramente la amargura que intento ocultar bajo un semblante frío, bajo el rostro que me he dedicado a tallar con detalle durante toda mi vida, a fin de mantener la esencia de lo que debe ser la futura gobernante del clan de los lobos; careta de indiferencia constante, helada como un témpano de hielo macizo.

Los sentidos agudos de la loba le permiten escuchar mi descontrol, mi tristeza, de la misma manera en que yo escucho perfectamente su serenidad, su seguridad. Es tan claro como si tuviese el oído pegado a su pecho, tan claro como escuchar la caída del agua estando abajo de la cascada.

Fijo la mirada en el espejo de cuerpo completo, observando a la chica que me devuelve la mirada frente a él —ojos de plata, raros entre los nuestros, como si contuviesen el líquido lunar que brota de nuestra diosa Luna, esa que nos proporciona la fuerza que requerimos cada mes para tomar la piel del lobo. Mis cabellos, de un dorado muy claro, se asemejan a los de una dama que siempre va perfectamente peinada. Mi rostro inmaculado no refleja ni un poco el sentimiento que guardo por debajo de las entrañas.

Vuelvo a suspirar, cerrando los ojos para ya no ver más esta versión de mí misma —bien vestida, pero convertida en polvo. Ni siquiera puedo llorar, ni siquiera puedo expresar mi dolor como lo haría alguien normal. Siempre es igual.

Reviso mi tocado varias veces, trazando los contornos con los dedos, palpando delicadamente las flores que forman una corona perfecta que se trenza en la raíz de mi cabello. Lo han puesto sobre mi pelo para mantener las fibras doradas alejadas de mi frente. Era una costumbre entre los míos que los mechones de las mujeres fuesen decorados para eventos especiales con este tipo de instrumentos —coronas en flores que van de oreja a oreja, vestidos largos en color blanco que hacían juego con la delicada esencia de la novia que, por un día, juega a ser la imagen de la pureza y el decoro.

Este día acudiría a la boda de mi hermana Anelyse, que es dos años lunares menor que yo. Una loba de sentimientos puros, una loba que se paseaba en la corte de mi madre con un gesto amable para todos los suyos. Anelyse era a la persona que acudirías es caso de necesitar gozar de la paz que te otorgaba su rostro, dicho de otra manera: Anelyse era cordialidad, algo poco común entre nuestra gente, menos común entre los que habitaban la casa de Luko.

Éramos muy parecidas físicamente —de largos cabellos rubios que se rizaban hacia las puntas, de cuerpos pequeños y delgados, poco concordantes con la fuerza bruta que poseíamos al ser lobas, pieles pálidas y rostros finos, poca estatura. Si no precisabas en el color de nuestros ojos, podríamos pasar por gemelas sin dificultad alguna. Los de Anelyse eran como los del lobo común, de un azul tan claro como el cielo más despejado, mientras que los míos eran como la plata, de un gris que al ser tan claro, podría aparentar ser blanco.

Mi madre decía que estos ojos reflejaban el inicio de la nueva era, de que había algo diferente dentro de mí, que yo era la discrepancia de la estirpe. Mis ojos eran algo que me hacía única entre los muchos que me rodeaban; sonaba bello, pareciendo en primera instancia que el ser que me dio vida me veía postrada en un pedestal, con el amor de todos los míos en alabanza.

Nada más alejado de la realidad.

Para mi madre, el cambio simbolizaba salir de las normas, brincar las leyes y lo que pondría fin a la visión de su mundo perfecto. Por ello, Chantal de Luko se aseguró de atarme a ella y moldearme a su conveniencia. Desde el primer minuto en que puso sus intenciones en mí, la Amaya que en verdad soy se ahogó en el vacío de la vida de una guerrera.

Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora