29. Amaya

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CIUDAD DE WANAN.

Cepillo mi cabello con parsimonia, lentamente, pensando en miles de cosas. Para ser precisa, pensaba en todos los enunciados que indicó el reptiliano, en lo que quiso darnos a entender.

La semana lunar daba inicio al día siguiente, su fuerza comenzaba a estremecerme, de tal forma que mi piel siente la necesidad del cambio, la necesidad de correr libre por los alrededores y sentir el aire frío sobre mi pelaje. La sensación es estrecha, pero no le doy tregua, no ahora que no lo necesito y que mucho menos quería rememorar mis antiguos motivos frente al halcón que no deja de ver a la diosa luna detrás de la ventana, como si en aquella visión buscase las respuestas que tanto le inquietan.

Demian no le quita la vista de encima, el elemento de naturaleza brillante nos alumbra con esa insólita intensidad, con un rigor fuera de lo normal. No le molesta sentirla tan atrayente, no le importa ser señalado por una deidad que no es la suya, sino que se aprecia como el analista que me ha demostrado ser innumerables veces.

Trae puesto su pantalón oscuro, el dorso de su cuerpo está al desnudo —liso, musculado, fibroso, de un color trigueño exótico, un tono de piel que los tres hermanos Zarek compartían. Su cabello oscuro está despeinado a raíz del paso de sus dedos por las fibras livianas, y sus ojos, inescrutables, son dos lustros en tono naranja que no le quitan la vista a la amplia ventana de la alcoba que hemos compartido las últimas dos semanas.

No me atrevía a acercarme a él, no me atrevía siquiera a mencionar nada de lo ocurrido una hora atrás. No comprendía del todo lo que había pasado en ese sitio, no había comprendido lo que ese hombre trataba de decirnos.

Yo quería quedarme, preguntar, resolver mis dudas, las mismas que sé que Demian y sus hermanos especulan, no entiendo sus motivos para alejarme del único ser que podría darnos respuestas.

Por lo poco que logré escuchar, el reptiliano les hablaba de los contendientes de la luz. Dijo que nuestra unión debía ser consumada y de que en ello encontraba su esperanza.

Una conversación sumamente extraña.

—¿Estás preocupado? —pregunto sin dejar de cepillarme, viéndole a través del espejo del mueble; un tocador bello y antiguo, de florecillas serpenteando a lo largo del marco y una perfecta base de patas de bestia con garras.

—Lo lamento, sol del amanecer, lo que ha dicho me ha inquietado —me responde, volviendo a pasar las manos por su cabello, alborotándolo un poco más—. ¿Te mencioné que no encontramos a los hombres que mataron a mi tropa el día que me salvaste la vida? —niego con la cabeza, intrigada—. ¿Te mencioné que no quedó nada de ellos, de sus armas, de sus soldados caídos en la batalla? ¿Te hablé de cómo no encontramos a la mitad de mi tropa? Nuestros muertos permanecieron en su lugar, no fueron movidos, pero la mitad de ellos no estaban, como si se los hubiesen llevado. Desaparecieron —Demian suspira, frustrado y preocupado a partes proporcionales. Sus alas lucen decaídas, como si de pronto fuesen más pesadas. Tal vez la conjetura correcta sería que sus pensamientos son enormes, graves y más pesados que miles de rocas, incluso puedo oler su angustia.

Sus preguntas me sacan de balance, me veo obligada a dejar el instrumento con el que acicalaba mi cabello para prestarle mi total atención e indagar un poco más en lo que él sabía.

—No me lo dijiste, creí que habían dado con ellos —le digo, porque es cierto. No me imaginaba que esos seres hubieran quedado impunes ante el clan de los halcones.

Demian niega con la cabeza y se pone de pie, sus alas caen hasta estar a escasos centímetros por encima del suelo y el deje de su porte me muestra que se siente disgustado.

Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZONHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora