CASTILLO LANCASTER.
El sanador no me dirige la palabra, se dedica a masajear, tantear y anotar; masajear y estrujar. Mi abdomen marcado ligeramente, se estremece al tacto frío del sujeto alado, mismo que me mira con asco, como si estuviese examinando un trozo de excremento bajo el peso de una lupa. Supongo que los Zarek le han pagado muy bien, suficiente como para que el hombre accediese a encerrarse en esta habitación con un lobo herido.
Los halcones podían ser muy prejuiciosos, sin importar el que yo me hubiese comportado todo este tiempo, sin importar que no haya intentado irme, como bien pude haber hecho muchas veces; habría sido muy fácil brincar hacia el árbol más cercano y descender con ayuda del tronco.
Aún así, no parecían conformes conmigo.
Demian no había vuelto a insistir desde nuestra conversación de la noche anterior. Los otros dos hermanos Zarek eran quienes se habían encargado de escoltar al sanador que me veía en este momento y aunque no estuvieron presentes durante el examen, sí que se mostraban interesados por saber mis avances.
Luego de un rato el halcón sale, dejándome nuevamente en la alcoba, planteándome que ya no hay dolor, que ya no hay motivos para seguir aquí esperando por una redención.
Mi pierna estaba mucho mejor. Llevaba días encerrada y necesitaba comenzar a moverme, saberme libre nuevamente.
Comprendía que Demian ya no me brindase su atención, sobre todo si reflexionaba que había hecho muchas cosas para alejarle durante los últimos días, y es que lo más maduro era mantenerle lejos. No tenía la certeza de que mi fuerza de voluntad fuese absoluta.
Si Demian seguía insistiendo, terminaría cediendo.
Pasadas las horas, el pequeño de los hermanos Zarek sube a verme, tocando la puerta con los nudillos, tanteando el ambiente para así poder proceder a un acercamiento apropiado. Él parece ser el más respetuoso de los tres, el más correcto, y por el momento, con quien me siento más en calma.
Inclina la cabeza, un gesto de sumo respeto, y aunque no entiendo del todo por qué lo ofrece, advierto que él es el más amable de los tres hermanos.
—Amaya, el sanador ha indicado que te encuentras perfectamente bien. La regeneración ha obrado un buen trabajo, así que es tiempo de seguir —aclara.
Dejo de hacer contacto visual con sus ojos naranja, girando el cuerpo hasta que mi espalda se encuentra con el poste de la cama.
La satisfacción es absoluta. Mañana podría salir de este palacio, mañana podría respirar el aire que corre entre los árboles del bosque y sentir la tierra bajo mis pies.
La tierra.
No sabía cuánto extrañaba la tierra hasta este momento.
El chico carraspea la garganta y se apelmaza contra el bloque de madera que sostiene el cortinero de la cama, admirando desde ese sitio el paisaje que a mí me cautiva.
—Es bello, ¿no? Mi madre solía traernos aquí cuando éramos niños. Teníamos unos diez años cuando descubrimos este tipo de atardecer. Era sorprendente, nada antes visto; bañando los horizontes de esos tonos naranja. A ella le gustaba jugar entre los árboles, internarse en el bosque, observar a las aves y traer fruta fresca, recolectada por ella misma —me giro para verle, está tan sumergido en su relato que ni siquiera me observa, sino que aprecia el mismo atardecer que ha logrado hechizarme—. Siempre la acompañamos, a cada una de sus recolecciones. Fuimos más unidos a ella de lo que somos con nuestro padre. Ella era un manto de belleza bajo un gobierno que nos exigía ser príncipes, crecer aceleradamente y resolver penurias destinadas a los más nobles.
ESTÁS LEYENDO
Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZON
RomanceDos clanes rivales en guerra. Dos enemigos mortales sintiendo una extraña atracción. Dos enemigos dispuestos a dar su vida el uno por el otro.
