CIUDAD DE WANAN.
Pasados los días, habíamos logrado acoplarnos en una melodía que solo podíamos escuchar nosotros. Habíamos aprendido el uno del otro, habíamos pasado cada instante explorando y reconociendo las sensaciones que nos trasmitía estar unidos.
Me había contado con lujo de detalle cómo fue su infancia, cómo fue que su alfa nunca se prendó de sus hijas, cómo fue que crecieron solas porque en su ambiente familiar siempre habitó el poder como la máxima prioridad, cómo fue que en sus primeros años de vida se sintió perdida, cómo se refugió en sus amistades más cercanas, como lo es Ghira. También me habló de la difícil relación con su hermana, porque pese a que Anelyse ha sido una chica educada y dulce, nunca se ha sentido digna de sobrellevarla.
La noche del ataque a Nalenjem, pudo sentir en carne propia el terror que le propiciaba el saber a su hermana menor desprotegida. Amaya tenía claro que debía que resguardar a Anelyse y a la cría. En lo que a mí respecta, sus gestos, su desenvolvimiento al hablar de la hija segunda de Nalenjem, fueron suficientes para intuir que sentía instintos de protección por ella.
Por mi parte, mi mundo estaba vuelto un completo revoltijo de incertidumbre.
Me había vuelto torpe, desorganizado, poco proactivo, pensando simplemente en estar con ella —en retozar con ella, en compartir la cama todo el tiempo que me fuese posible, porque sabía que en cuestión de unos cuantos días, esa situación podría terminar y el hecho me hacía sentir tan ávido como enfadado. El simple pensamiento que me invade, advirtiendo mi vuelta a Bemali, sin ella, sin mi sol del amanecer. Es un hecho totalmente intolerable.
—Volvamos a vernos —he pedido lo mismo más veces de las que me haría sentir cómodo, ya que jamás había implorado por el favor de nadie, nunca quise verme frágil ante los demás.
Se suponía que yo era racional, que pensaba antes de hablar, pero la situación y el miedo de perderle me sobrepasa.
—Si nos descubren, moriremos —explica, al tiempo que envuelve mi cintura con los brazos. Su piel pálida es un contraste intenso con la mía, que es apiñonada.
—¿Y si te digo que no me importaría morir por ti?, ¿eso te asustaría? —lo pregunto en un tono irónico, consciente de que puedo sonar un tanto obvio y más desesperado que nunca.
Amaya alza el rostro hasta alcanzar mis ojos, la plata líquida de su mirada es bellísima, es como si derritiera el material y lo colocase en sus cuencos. El brillo en sus ojos es intenso, tanto como para verme reflejado en un espejo.
—¿Morirías por mí, solo por un momento juntos? —pregunta sin dejar de aferrarse a mi cintura.
—Sin dudarlo —y soy honesto, no tenía la menor incertidumbre. Había encontrado a mi igual, a mi mitad, ya no iba a permitirle escapar.
Amaya tuerce el gesto, una reacción que no esperaba apreciar, se desliza un poco sobre su espalda, regalando una visión de su torso al desnudo, de sus pequeños pechos en puntas rosadas y piel liviana. Suspira con fuerza, absorbiendo el aire que nos rodea.
—No sé cómo hacerlo sin ponernos en riesgo.
Se detiene el tiempo, analizo la situación; yo tampoco encuentro la manera de salvarnos y estar juntos, ambas cosas parecen no conjugar.
—Te quiero, Amaya —le digo, con el pecho alborotado, con las manos hormigueando y mis fuerzas disuadidas. No la miro, no puedo. Temo por el día en que se vaya, porque sé que no hay garantía de que pueda volver a verla.
—No sé qué decir —responde, tanteando mi pecho con sus largos y finos dedos, sus manos resplandecen en los tonos plata a los que ya me había acostumbrado, alumbran mi figura y los rincones de mi carne a detalle.
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Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZON
RomanceDos clanes rivales en guerra. Dos enemigos mortales sintiendo una extraña atracción. Dos enemigos dispuestos a dar su vida el uno por el otro.
