BOSQUE DE BEMALI, TIERRA DE LOS HALCONES.
El anochecer ha caído y con él nuestros sentidos, que no son tan buenos como en el día.
Llevo jornadas enteras dando vueltas con mis hombres, un grupo grande —treinta halcones—, que cuidan mis espaldas, las espaldas de su príncipe, aquel que por mandato del lord halcón, debe resguardar nuestros bosques sagrados esta noche, cuando las estrellas alcancen su máxima inflexión.
Debe ser así cada día, cada noche.
No existía el descanso para un soldado de Bemali, si no te encontrabas dando tu vigía a los bosques sagrados, podías estar resguardando el pueblo elevado, aquel protegido por nuestros árboles gigantes y que pendía completamente de las copas, siendo estas fieles protectoras.
Cada momento, cada instante se derivaba a esto, a salvaguardar a los nuestros, a fortalecernos, a poner fin a la matanza que se ha vivido en los últimos cien años.
Al menos esta noche podía sentirme tranquilo, sabiendo que los lobos estarían en su nación, muy lejos de nuestras tierras y de nuestra gente. Este solo era un patrullaje habitual, algo que se hacía por el mero hecho de tener que inquirir si ningún vigía enemigo se encontraba dando vueltas por aquí, espiando, consiguiendo información valiosa para su alfa.
Era nuestro deber proteger nuestros bosques y aunque no estábamos en la semana lunar —cuando los lobos tomaban la forma de ese poderoso animal y encarnizaban matanzas hacía los nuestros—, era necesario seguir con nuestros patrullajes y asegurarnos de que nadie merodease.
Cada mes, durante una semana, la luna se posaba en lo más alto de nuestras montañas, aquellas que rodean el valle de donde desprende la gran tierra de Bemali; un área rica en fauna, en flora, un lugar donde el ganado se cría de forma maravillosa y la cosecha se alza para dar vida nueva a cada temporada.
Las fases lunares se dividían, se enlistaban y se cuidaban a precisión por los sacerdotes del clan, de la misma manera en que los soldados cuidábamos del pueblo situado en las copas de los árboles.
La semana lunar era muy importante para el poderío de un lobo, siendo seres metamorfos, concebían su fuerza máxima siendo provistos por los rayos de la luna, que irradiaba sus cuerpos y les enriquecía de energía, por lo tanto, en la semana lunar eran capaces de tomar la forma de un lobo. Eran sumamente fuertes, colosales, combatientes imperiosos y tan furiosos que podrían arrasar con un poblado entero en una sola noche. Con el paso de los años fuimos entrenándonos para combatir a su estirpe, a esos seres que podían cambiar de forma a voluntad, esos que acrecentaban en fuerza, tamaño y agilidad, esos que gozaban con derramar la sangre de mi gente, para luego llevárselos aún vivos a sus tierras y darles una muerte violenta. Es por ello que Padre se dedicaba a dirigir a un grupo de tropas para defender puntos estratégicos de ataque; esperando, patrullando, siendo conscientes de los riegos que implicaba el enfrentarse a un lobo convertido en la semana lunar.
Había asesinado a muchos, había defendido a mi nación hasta el cansancio durante años.
Así que, podía decirse que esta noche era una de las más tranquilas que podría contemplar. La rutina y el patrullaje eran obligatorios para un militar, aburrido, extenuante, pero de cierto modo relajante.
Las gotas de sudor corren por mi frente, creando caminos desprolijos en mi rostro, andando por mi espalda, manchando mis ropas negras del líquido salado, incomodando mi andar al sentir la prenda pegarse a mi piel cada que doy un nuevo paso. La armadura me pesa, me quema, quisiera poder tener un lugar para descansar el peso de mi cuerpo y dejar que mis alas se abran de par en par, relajándome, algo que no podría realizar hasta el amanecer, el momento en que todos volveríamos a casa.
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Sol del Amanecer ©/YA A LA VENTA EN AMAZON
RomanceDos clanes rivales en guerra. Dos enemigos mortales sintiendo una extraña atracción. Dos enemigos dispuestos a dar su vida el uno por el otro.
