Capítulo 32: "La primer vez" (Parte 1)

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Punto de vista de Marta

La sentí, la toqué. Su piel contra la mía despertaba algo incontenible en mi interior. Un fuego incontrolable se encendía en mi estómago, y parecía avivarse con cada gemido de Fina, con cada mirada que me lanzaba. Su deseo era palpable, y el mío era aún más intenso. ¿Quería que empezara a besar su torso? ¿Sería prudente?

Qué tontería. Por supuesto que sí.

Tragué en seco, notando su camisa abierta, su mirada ligeramente perdida. Fina me tomó de la mano, conduciéndome con calma hacia su habitación. Cada paso desde la cocina hasta su cuarto hacía que mi corazón latiera con tal fuerza que mis labios, impacientes, se mordían a sí mismos en un intento de controlar las imágenes borrosas que llenaban mi mente. Lo único claro era el deseo de verla sin esa ropa que tan descaradamente entorpecía mi camino hacia algo más profundo, algo que solo había conocido recientemente. Junto a ella.

Podía sentir la respiración de Fina, lenta, pero profunda, casi como si estuviera regulándola de forma meticulosa, ritual. Sabía que estaba nerviosa, igual que yo. Pero la diferencia era que para ella no era la primera vez, mientras que para mí sí, y más con una mujer. Esa incertidumbre me atormentaba: ¿qué pasaría si lo hacía mal? Sin embargo, por los meses que había pasado con Fina, sabía que ella me apoyaría, que me guiaría. Ahora, en ese momento tan íntimo, sentía esa confianza. Pero dar ese siguiente paso, aunque acelerado, ya no parecía algo que pudiera evitar.

Mi piel estaba erizada, mis labios secos, y podía jurar que mi rostro estaba o bien completamente pálido o completamente enrojecido. El calor entre nosotras era palpable, una mezcla de pasión y nerviosismo que me dominaba. ¿Qué importaba todo eso? Estaba a punto de ver a Fina desnuda.

Inhalé profundamente al cruzar el umbral de su habitación, y sentí que la presión disminuía un poco. La luz de la mañana se filtraba suavemente, iluminando la cama aún desordenada de la noche anterior, cuando dormimos juntas por primera vez. Las sábanas blancas, grises y beige creaban un entorno cálido, sobrio. Sonreí, pequeña y discretamente, sabiendo que ya no había vuelta atrás. La quería, y lo supe aún más cuando Fina me dejó en medio de la habitación, cerró la puerta y me rodeó la cintura con sus manos.

El toque fue tan suave, tan delicado, que un suspiro escapó de mis labios mientras cerraba los ojos. Sus manos ascendieron lentamente por mi cintura, hasta alcanzar los botones de mi camisa. Sentí sus labios húmedos presionarse contra mi cuello, y gemí en señal de aceptación. Estaba tan cautivada por la sensación de tenerla detrás de mí, que cualquier cosa que hiciera me envolvía en una mezcla de placer y deseo. Era como si supiera exactamente dónde debía tocarme, cómo debía tocarme.

Fina desabotonó mi camisa con una precisión casi tierna, y sus manos sutiles deslizaron la tela coral por mis hombros, hasta que cayó al suelo, dejándome el torso completamente desnudo.

Sentí sus manos recorrer mi torso con una precisión y delicadeza que me hizo pensar en la suavidad de las plumas, en la frescura de una bola de nieve perfectamente formada, o en la sensación de la piel tras aplicar una crema. Quería más de ese contacto, quería que usara cualquier parte de mi cuerpo para sentir el calor que irradiaba en mi piel. Anhelaba que me sostuviera con la firmeza de sus manos, tan tersas y delicadas. Me quería deshacer en ellas. Dios, quería deshacerme en ella.

Pero había algo que me volvía loca: mi propio deseo de tocarla. Era como si, por más placer que me causara que ella me tocara, sabía que tocarla a ella, provocarle placer, me satisfaría aún más. Ese pensamiento me golpeaba con fuerza, entre los destellos de sensaciones que me recorrían.

Con esa idea en mente, tomé sus manos suavemente y las aparté de mi cuerpo. Me giré para mirarla. Vi su mirada, una que reconocía de otras situaciones cargadas de deseo, pero esta vez era diferente. Nunca habíamos llegado a este punto. Sabía que mis ojos debían estar tan cargados de lujuria como los suyos, aunque no podía verme. Lo sentía.

Toledo, 1958.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora