—No puedo hacerme cargo de los niños —susurró para sí misma, tocando la puerta de madera desgastada.
Era tarde, tal vez las ocho de la noche. Este era el último trámite antes de partir a Francia. Sus manos sudaban, le dolían los músculos, los espasmos en sus piernas la hacían temblar, y negaba con la cabeza, como si tratara de disipar sus pensamientos.
Al abrir la puerta, la recibió una mujer de mediana edad. Era de baja estatura, contextura gruesa y unos ojos heridos. Su piel pálida y su cabello rojizo le recordaron a aquella periodista desaparecida, mientras que sus ojos la llevaron a pensar en Manuel. Era difícil explicar aquella mirada, pero resultaba evidente que no dormía desde hacía días, y su semblante era profundamente triste.
—Buenas noches —dijo la señora con un tono inseguro—. ¿Qué necesita?
Esther la observó y, con sutileza, echó un vistazo al interior de su hogar. Carecía de lujos, pero estaba completamente ordenado y pulcro. Desde adentro, escuchó un niño hablando en un tono elevado. En ese momento, apretó con más fuerza su bolso, mientras sentía un nudo formarse en su garganta.
—¿Vive aquí Manuel? —preguntó Esther.
Los ojos de la mujer se abrieron casi con esperanza, pero, de inmediato, su expresión se tornó desconfiada mientras la miraba fijamente.
—¿Quién es usted? ¿Por qué pregunta por él? —replicó con firmeza.
Esther sacó una tarjeta de su bolso, una tarjeta de recomendación, y la extendió hacia la mujer. Con cierta duda, la tomó y la leyó. Luego, la miró nuevamente, esta vez con mayor desconfianza.
—No confío en los periodistas. Ese tipo de gente solo atrae desgracias —dijo con dureza mientras devolvía la tarjeta.
—Por favor, consérvela —respondió Esther de inmediato, rechazando el papel—. No quiero que se sienta amenazada por mí.
—¿Por qué habría de creerte? —preguntó la mujer, colocando la mano en la puerta, dispuesta a cerrarla.
—Porque me importan sus niños —respondió Esther, sintiendo cómo su corazón comenzaba a latir con más fuerza—. Le prometí que cuidarían de su hijo y de su sobrina.
La mujer suspiró, frunció el ceño y mordió el interior de sus mejillas, como si resignarse fuera su única opción. Miró a ambos lados, asegurándose de que nadie estuviera observándolas, y luego se hizo a un lado para dejar pasar a Esther.
Esther entró, soltando un leve suspiro de alivio. Miró el interior de la casa: humilde, ordenado y limpio. El aroma a productos de limpieza le dio una sensación momentánea de calma. La mujer caminó delante de ella, guiándola hacia la sala de estar, que constaba de dos sillones sencillos. Sobre la alfombra estaban los niños: un niño pequeño y una bebé, ambos sentados sobre una manta. La bebé sostenía un juguete en su mano.
Esther sintió un golpe de realidad al verlos. Las manos le dolieron, y apretó con más fuerza la correa de su bolso.
—Manuel no ha llegado —dijo la mujer, mirando a los niños—. Mi marido se llevó a nuestros propios hijos porque tememos que la desaparición de él signifique algo terrible para todos.
—¿A quién temen? —preguntó Esther, mirándola directamente a los ojos.
—A mucha gente. Pero, si debo darte un nombre... —La mujer suspiró y sostuvo la mirada de Esther—: Jesús de la Reina.
Esther trató de no emitir ningún tipo de expresión al escuchar el nombre. Asintió ligeramente y dirigió su mirada hacia los niños.
—¿Sabes dónde está él? —preguntó la mujer con suavidad y un leve destello de esperanza en sus ojos—. Yo... es que tengo el corazón en la mano. Prometí hacerme cargo de mis sobrinos, pero la culpa por los míos es mucha y... —La mujer dejó escapar una lágrima— no puedo seguir así.
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Toledo, 1958.
Fiksi PenggemarEn 1958, Fina Valero, con el esfuerzo de su padre, se traslada a Barcelona a los 18 años para estudiar Finanzas y Contabilidad. Diez años después, regresa a su pueblo natal sin entusiasmo, obedeciendo la solicitud de su padre, con la intención de qu...
