Capítulo 47: "Nunca es tarde"

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Quisiera introducirlas en los miedos internos. Me refiero a aquellos que surgen de situaciones poco decorosas, poco amigables, que rozan el trauma y son el producto de experiencias profundamente desagradables que nos marcan día a día. Desde el miedo más ínfimo hasta el más vasto, desde el más efímero hasta el más prolongado, incluso crónico. Al final, todos son miedos. Las invito a reflexionar sobre ellos.

Ahora, permítanme decirles algo: los miedos solo existen en nuestra mente. Son construcciones imaginarias, mecanismos de autodefensa. Pero en lugar de vivir atrapadas en ellos, ¿no sería mejor enfrentar el peligro? Suena sencillo, pero lamento decirles que no lo es. Sin embargo, si comprenden que el miedo las paraliza y que, en esencia, no es real, estarán más cerca de superarlo. Y eso es digno de admiración.

Desde una perspectiva biológica, el miedo tiene explicaciones hormonales y síntomas físicos. Nuestro cuerpo reacciona ante él de maneras diversas: palpitaciones aceleradas, sudoración, temblores... Es completamente normal. Pero que el miedo se manifieste físicamente en nosotras no significa que sea algo tangible o invencible.

Antes de contarles qué sucedió aquella noche, cuando alguien interceptó a Fina y Esther y terminó apuntándole con un arma, quiero compartir algo desde el corazón. Nosotras somos fuertes, importantes, imparables, implacables, valientes y capaces. La vida es demasiado corta para permitir que el miedo nos paralice.

A quienes han superado sus miedos, les envío un abrazo apretado. Se ven diferentes, se sienten diferentes, y se les nota. A quienes aún están en ese proceso, les envío dos abrazos de mamá, de esos que la mía me da cuando estoy a un día de rendir mi último examen en la universidad. Esos abrazos significan soporte, confianza, amor incondicional.

Las valido a ustedes y a cada uno de sus miedos. Las invito, desde la humildad, a identificarlos y abrazarlos. Porque el odio siempre genera más odio, mientras que el amor transforma. Amen sus miedos, agradézcanles, despídanse de ellos con gratitud. Porque gracias a ellos, hoy son más fuertes que ayer.

Fina tenía miedo. Por supuesto que lo tenía. Un hombre la sujetaba por la espalda con fuerza, su mano áspera le cubría la boca, impidiéndole gritar. La oscuridad envolvía la escena, pero lo peor era que su amiga, Esther, estaba frente a ella, apuntándola con una mano temblorosa.

Su cuerpo entero se estremecía, su respiración era frenética. Quiso moverse, hacer algo, pero cada intento de zafarse solo se encontraba con la barrera impenetrable de aquellos brazos. Su instinto de supervivencia la llevó a rasguñar desesperadamente la piel rugosa del hombre.

—Detente, Fina, por favor —suplicó una voz quebrada.

Fina se quedó helada. Esa voz... la conocía.

El corazón le martilló el pecho mientras un torbellino de pensamientos nublaba su mente. Su cuerpo aún temblaba por la adrenalina, pero algo en su interior la obligó a dejar de luchar.

—¿Manuel? —susurró Esther, con un tono que mezclaba confusión, alivio y una pizca de incredulidad.

El hombre la soltó de inmediato. Fina sintió el vacío en su espalda cuando dejó de sostenerla. En un solo movimiento, Manuel bajó la mano de Esther, dirigiendo el arma lejos de ellas. Luego, sin decir palabra, la jaló del brazo y echó a correr.

Fina quedó paralizada por un instante, sintiendo cómo el sudor frío se adhería a su piel. Pero entonces oyó los gritos, los pasos frenéticos detrás de ellos. No podían quedarse ahí.

Sin pensarlo más, se lanzó tras ellos. Las hojas crujían bajo sus pies, las ramas les azotaban el rostro mientras se adentraban en el bosque. El aire húmedo los envolvía, mezclando el aroma terroso con el miedo latente.

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⏰ Última actualización: Feb 12 ⏰

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Toledo, 1958.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora