—Estoy voluntariamente aquí —dijo Marta, cruzando los brazos con firmeza.
La habitación era amplia y pulcra, de paredes blancas y una iluminación casi aséptica. Todo en el lugar parecía pensado para transmitir calma, pero a Marta le producía el efecto contrario. No sabía si era por el silencio demasiado medido, por el orden impecable de cada mueble o por la mujer que tenía enfrente, cuya expresión irradiaba una paciencia que le resultaba inquietante.
Los ventanales de madera clara permitían ver hacia el exterior. A lo lejos, uno que otro guardia caminaba por los jardines, patrullando como si aquello fuera más que una simple casa. Marta reconocía la estructura: debía ser otro de los edificios dentro del mismo recinto en el que había estado antes.
—Por supuesto —respondió la mujer con naturalidad, ajustándose las gafas mientras la miraba—. Nadie te va a obligar a nada.
Marta sostuvo su mirada con recelo. No quería parecer acorralada, aunque por dentro se sintiera así... o incluso peor.
Estaban sentadas en dos sillones enfrentados, la distancia entre ambas justa para que la conversación no se sintiera demasiado fría, pero tampoco demasiado cercana. La mujer sonrió con una calma profunda, estudiándola sin prisa.
—Soy Inés —dijo con voz pausada, abriendo un libro grande sobre su regazo. Lo hojeó con interés, como si estuviera buscando algo entre sus páginas—. Es importante que nos presentemos.
—¿Para qué? —preguntó Marta, frunciendo el ceño.
—Para ayudarte —respondió Inés con obviedad, sin apartar la vista del libro.
Marta presionó la mandíbula.
—No necesito ayuda.
Inés alzó la vista, arqueando levemente las cejas con expresión desconcertada. Ladeó la cabeza, como si la respuesta de Marta la intrigara.
—Pero, Marta... Yo debo curarte de esas conductas antinaturales. ¿Cómo se te va a ocurrir que amar a otra mujer está bien? No quieres ayuda para terminar con eso? —preguntó con genuina curiosidad, como si estuviera hablando de algo evidente.
Marta sintió una punzada de indignación en el pecho.
—No creo que esté mal —dijo, con la mandíbula tensa—. Y no creo que usted deba entrometerse en eso.
Inés asintió lentamente, con una expresión neutra, pero anotó algo en su libro con rapidez. Marta la observó con atención, preguntándose qué estaría escribiendo.
—Mira... —comenzó la mujer, entrelazando sus manos sobre el libro, en un gesto que pretendía ser conciliador—. Lo más importante es que seas consciente de lo que estás haciendo. Y veo que lo eres.
Marta mantuvo la mirada fija en ella, sintiendo cómo la rabia le subía por la garganta.
—Otra cosa —continuó Inés— es encontrar el problema. Pero me parece que no estamos viendo lo mismo.
—¿Entonces mi perspectiva está mal, no? —Marta colocó una mano sobre su pecho, ofendida—. Como no es igual a la suya, significa que estoy enferma.
Inés suspiró y la miró con paciencia, esbozando una sonrisa afectuosa.
—Marta, esto no va a funcionar si me ves como la mala de este cuento.
La suavidad en su tono solo avivó el enojo de Marta.
—Yo estoy aquí para ayudarte, para que puedas entender —prosiguió Inés—. Y no voy a reprimir nada. Hay tiempo para encontrar tu error. Nadie dijo que sería fácil.
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Toledo, 1958.
FanfictionEn 1958, Fina Valero, con el esfuerzo de su padre, se traslada a Barcelona a los 18 años para estudiar Finanzas y Contabilidad. Diez años después, regresa a su pueblo natal sin entusiasmo, obedeciendo la solicitud de su padre, con la intención de qu...
