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Su cuerpo estaba en calma.

No hubiese cuestionado si en ese momento un angel o un demonio se posaba frente a ella y la conducía hacia donde fuera que estuviese su lugar de descanso final. Pero no, no estaba muerta.

Sus extremidades tenían laceraciones por cuanto centímetros de piel estuvieran descubiertos por su ropa, aunque esta había sido rasgada justamente para tener un mayor canvas. Pero no, no estaba muerta.

Lo sabía porque sentía el ardor de sus cortes, sentía moretones formándose en las distintas áreas golpeadas y en donde la habían sostenido para inmovilizarla. Sentía dolor de cabeza, a estas alturas sin saber si le había afectado más el estrés o las contusiones.

Oía su propia respiración entrecortada... ¿o es que solo sentía el dolor en sus costillas al exhalar? Sí oía el estridente sonido de una gota caer en el ya solitario lugar, ¿sería su propia sangre o era solo una cañería rota?

Sus ojos estaban pesados, pero aún bajo los párpados notaba que había oscuridad rodeándola. Tal vez era de noche y debería dormir. Dejar caer la cabeza a un lado, aún en el lugar en el que las cadenas la retenían, y dejarse llevar por la inmensa necesidad de cerrar todo.

Ya no tienes que pensar.

E inmediatamente su cuerpo y mente se calmaron.

Pero una mano se posó en su hombro y todo volvió a alborotarse.

No había acabado. Solo fueron unos segundos de descanso. Debía mantenerse atenta. Tratar de escapar. No, no podemos escapar. Tratar de no morir. Pero no hay manera de evitarlo. Llanto. Sangre. Dolor.

¿A qué hora llegaría el dolor?

Un líquido escurría por sus brazos pero no pensaba que fuera sangre. La mano en su hombro se movió con gentileza hacia su propia mano, con ese movimiento mojando cada vez más de su piel.

Abrió los ojos lentamente y miró su propio cuerpo, la sangre corriendo a lo largo de su piel junto con el agua fría con la que estaba siendo bañada.

Había dejado de oír la gota cayendo, ¿era esa su agua? Ahora, un poco más concentrada en lo que pasaba en su cercanía inmediata, solo podía oír sollozos.

Un llanto que erizaba la poca piel que se dejaba ver entre sus heridas, que no hacía esfuerzo por contenerse ni se avergonzaba de su sonido.

Adhara quiso checar en quien sea que penaba tanto por ella, pero cuando junto la fuerza para llevar sus ojos hacia su curador, un avisto de piel clara la hizo sobresaltarse al punto de estremecerse e intentar saltar lejos de su agarre.

Dolía y había sangre y llanto, y ella no podría escapar. Su cabeza se nubló de nuevo con la desolación que sentía.

Entonces sintió una frazada en sus hombros y encima de estas dos manos acariciando sus brazos de manera reconfortante, y el sentimiento le resultó excepcionalmente familiar.

El mismo miedo por el que no se atrevía a volver a subir la vista y mirar de nuevo a su acompañante fue el que, en búsqueda de salvación, la hizo encontrar los ojos de Lían mirándola con el más absoluto remordimiento.

Quiso gritar sus lamentos, segura de que por fin alguien los escucharía con Lían ahí, pero su propio dolor la traicionó dejándola dando violentas bocanadas de aire en un intento de sus pulmones llenos calmara la quemadura de la sangre saliendo de su cuerpo.

Lían estaba abrazándola, protegiéndola entre sus brazos de la soledad como la celda le había impedido protegerla de aquella tortura.

Adhara se preguntó qué era eso tan extraño que inundaba sus emociones. Estaba segura de que su alma debía sentirse igual de pesada que sus músculos, pero más bien estaba aliviada de que hubiera acabado. ¿Su castigo? ¿El día? Tal vez solo se aferraba a la idea de que con lo que había pasado se acabaría también la marginalización de Lían.

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⏰ Última actualización: Feb 02 ⏰

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