El dragón inmóvil en las aguas profundas se convierte en presa de los cangrejos
Aun asimilando la nueva situación, Alex apenas notó la ausencia de Li. La joven había desaparecido durante su corta conversación con la pareja. ¿Cómo había lograba esfumarse siempre sin que nadie se percatara?
—Voy a buscar a Li —anunció, poniéndose en pie. Esperaba que la pareja no lo siguiera; necesitaba hablar a solas con ella. Demasiados factores inesperados habían entrado en juego.
Echó un vistazo alrededor, con la esperanza de divisar su figura en alguna parte. Pero la penumbra lo envolvía: el sol ya se había ocultado, y la visión se tornaba difusa. Sin otra opción, tomó una linterna y se sumergió en la oscuridad. La potente luz blanca iluminó su camino mientras buscaba por los alrededores, pero Li no estaba por ningún lado. Se preguntó si había cruzado al otro lado del agua. ¿Había saltado de roca en roca sin que nadie lo notara? Probablemente.
—Ten cuidado, no vayas a caerte —dijo Ana, con un dejo de preocupación.
Alex avanzó por el sendero de piedras que conectaba ambos lados de la piscina natural. Las rocas, húmedas y resbaladizas, lo obligaron a moverse con cautela. Recordó la frialdad del agua esa tarde y no quiso imaginar cómo sería caerse a esas horas, cual el calor del sol ya no podía secarlo.
Llegó al otro lado más rápido de lo esperado. Su cuerpo había memorizado el trayecto.
Caminando solo, notó cómo la linterna, en lugar de dar tranquilidad, intensificaba la sensación de inquietud. La luz recortaba sombras afiladas entre los árboles, evocando las escenas de una película de terror. Cualquier figura amenazante podía surgir de la penumbra en cualquier momento.
Un sonido leve interrumpió sus pensamientos. Antes, no lo habría percibido. Pero en ese momento, su oído mejorado captó la señal y lo guió en su búsqueda.
Al llegar, entendió por qué le había costado encontrarla. Li estaba en cuclillas, inmóvil y en silencio. Ni siquiera se giró cuando la luz la alcanzó.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Alex, acercándose.
Li no respondió. Su mirada seguía clavada en el suelo. Alex frunció el ceño y apuntó con la linterna hacia donde ella miraba. Notó una pequeña elevación en la tierra, con rastros de haber sido removida. Sus manos estaban manchadas; la impecable manicura de Li lucía entonces tierra bajo las uñas.
Li murmuró algo en chino. Alex no lo comprendió. A veces se le olvidaba que su lengua materna era otra.
Unos segundos más tarde, la imagen del conejo le volvió a la memoria. De pronto, comprendió.
Se agachó junto a ella y guardó silencio. La atmósfera solemne los envolvió.
Incluso la naturaleza pareció notar el momento. El sonido de los animales nocturnos disminuyó levemente.
Li fue la primera en levantarse. Alex dirigió una última mirada a la pequeña tumba antes de imitarla. Ninguno de los dos quería volver con la pareja, así que alargaron el camino. Sus pasos eran cortos, pausados. Alex cerró los ojos por un instante, disfrutando de la brisa. Pronto haría frío. Las zapatillas crujían sobre la tierra húmeda. Caminaron bajo el manto nocturno, rodeados por la naturaleza.
—¿Crees que se despertarán? —preguntó Alex.
—No.
—¿Vas a usar esa poción mágica? ¿Es dañina?
Li bufó.
—No es una poción mágica. Es Valeriana officinalis.
—¿Eso es chino?
—No es malo, es un remedio natural para la ansiedad y el insomnio.
Desde la distancia, vieron un resplandor anaranjado. Alex se detuvo, extrañado. Era el fuego, y su silueta iluminaba a la pareja. Descubrió, con sorpresa, que Ana lo había encendido. Li también parecía desconcertada. Ana, por su parte, sonreía con orgullo mientras recibía elogios. Restó importancia al asunto, atribuyendo su logro a los materiales que Li llevaba en la mochila.
—Por la noche baja la temperatura —explicó Ana—. Necesitábamos calor, Aunque...ni siquiera deberíamos estar aquí.
Fran, asustado por la posibilidad de un incendio, se aseguró de que el fuego estuviera bien controlado.
Mientras Alex conversaba con la pareja, vio por el rabillo del ojo a Li comprobar la hora. Recordó lo que ella le había explicado: debían esperar hasta las tres de la madrugada. Li había programado una alarma para asegurarse de que no se quedaran dormidos.
Si todo salía según lo planeado, al amanecer Alex ya no tendría la serpiente alrededor de su muñeca. Sería libre, podría volver a la normalidad de su vida. No habría más monstruos, más personas con intenciones asesinas. Li desaparecería tal y como había aparecido.
Era sencillo. Demasiado, tal vez. Tras la última semana, Alex había aprendido a inquietarse y sospechar cuando algo resultaba demasiado fácil. Durante aquellos días, se había enfrentado a un sinfín de obstáculos y situaciones en las que había tambaleado en el filo de la muerte. ¿Realmente sería ese último paso así de fácil?
Como si Dios —o cualquiera que estuviera a cargo de su destino— lo hubiera escuchado, la tierra tembló. La sacudida hizo vibrar el suelo y el agua a su lado. Alex se puso en pie, alerta. Mala idea. La siguiente sacudida casi lo hizo tropezar, obligándolo a aferrarse a lo primero que tuvo a mano para no caer: Li.
—¿Qué ha sido eso? —exclamaron todos al unísono, cruzando miradas para comprobar que seguían intactos.
Un tercer temblor. Esa vez no fue tanto el suelo lo que vibró, sino el agua del lago.
Y entonces, un rugido profundo retumbó en el aire. Un sonido grave y gutural. No supieron de dónde venía, pero había algo que tenían claro, incluso sin entender de animales: aquello no era pequeño, ni inofensivo.
Alex miró a Li. Aquello se había convertido en un acto reflejo. Leer su expresión y su actitud era su manera de evaluar la gravedad de la situación. Y lo que vio no lo tranquilizó. El ceño fruncido de la joven marcaba arrugas atípicas en su piel lisa.
—No tiene sentido —murmuró ella, consultando la hora—. Ni siquiera es el eclipse.
—¿Pero qué está pasando?
La siguiente sacudida fue aún más violenta, como si la fuente del temblor estuviera acercándose. La linterna que Alex sostenía resbaló de su mano y cayó al suelo, rodando hasta detenerse. La tenue luz, junto con el resplandor del fuego, bastó para iluminar lo que emergía entonces del agua.
De sus gargantas escaparon gritos cuando la cabeza de la criatura apareció. Era inmensa, casi tan grande como Alex. La bestia se elevó varios metros por encima de la superficie, dejando ver parte de su cuerpo serpentino mientras el agua caía en cascadas desde sus escamas relucientes.
—¿Qué es eso? —exclamó Alex.
—El dragón guardián.
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VINCULADOS
FantasíaAlex, un joven universitario, descubre un misterioso huevo que altera su vida por completo, vinculándolo a fuerzas sobrenaturales que no comprende. A medida que extraños sucesos se desarrollan, Alex se encuentra en el centro de una batalla entre pod...
