Seas justo o injusto, tras la muerte el Cielo lo sabrá.
La punzada helada de la coincidencia se instaló en la mente de Alex al ver a Daniel desplomarse, el puñal clavado en su cuerpo.
«No es mi culpa», se repetía.
Lo había intentado: alejar a su amigo de ese mundo de magia y maldiciones. Pero ahí estaba, Daniel, desangrándose, y Alex no podía evitar pensar que todo había sido culpa suya.
La rabia lo consumía. La culpabilidad le quemaba las entrañas, como el veneno que se extendía por su cuerpo. ¿Por qué nadie lo podía salvar?
Alex luchó por respirar. La atmósfera se volvió espesa. Sus ojos se nublaron. Descubrió que se debía a las lágrimas. La visión de su amigo tirado en el suelo, sangre empapando su camiseta, lo paralizaba. Y el tiempo, ese enemigo, avanzaba.
Daniel luchaba por respirar. Sus ojos rojos, su rostro en agonía. Alex no podía moverse, las palabras se quedaban atrapadas en su garganta. Apretó la mano de su amigo con fuerza, como si eso pudiera devolverle la vida.
Desesperadamente buscó ayuda con la mirada. Quería gritar para que alguien lo escuchara, pero no era necesario, ya que todas las personas presentes los observaban. La ironía de la situación era cruel: cinco personas con habilidades sobrenaturales, aparentemente sin recursos para salvar a Daniel.
Si esa noche habían sido testigos de una batalla contra un dragón, ¿por qué no podría haber una poción mágica que salvara a su amigo?
¿Por qué no podían salvarlo? La frustración lo devoraba. Li, la heroína, había salvado a Alex tantas veces... ¿Por qué no hacía lo mismo con Daniel? La decepción lo ahogó, y de ahí nació la ira: ira contra sí mismo, contra todo y todos. Ira contra todo lo que no podía cambiar. Daniel no merecía estar allí. Nadie lo merecía. Ni Ana ni Fran, cuyas vidas habían sido apagadas. Ninguno de ellos debía haber sido arrastrados a esa locura sin deberle nada a nadie.
—Alex... —La voz se rompió en susurros. ¿Era miedo lo que hacía temblar sus palabras?—. No puedo respirar.
Alex, paralizado por el horror, no podía mover los labios. Su mano apretaba con fuerza la de su amigo, pero esa fuerza se deshacía en el aire, como arena entre los dedos. Sus ojos no podían apartarse del rostro de Daniel, temeroso de que, si lo hacía, todo se desmoronaría, incluso la vida de su amigo. El sonido de los pasos de Jun acercándose no logró arrancarle la mirada.
—El pulmón —dijo Jun, su voz baja pero urgente y su mirada fija en la herida que él mismo había causado.
Un impulso, feroz y frustrante, recorrió el cuerpo de Alex. Una necesidad visceral de gritarle al culpable, al asesino; pero su garganta estaba sellada, su cuerpo inerte. Ningún músculo le respondía.
—No quiero morir —susurró Daniel, su voz quebrada por el dolor, mientras las lágrimas se deslizaban por su rostro en silencio. El llanto de Daniel no era como el suyo. Las lágrimas de Alex caían, pesadas y visibles, pero las de su amigo se deslizaban suavemente, sin ruido, como si el dolor estuviera tan profundo que ni siquiera la tristeza pudiera hacer eco.
El corazón de Alex se encogió en su pecho. No era la primera vez que veía a su amigo llorar. Daniel, el más sensible de los tres, era el que más veces había roto en llanto, ya fuera por un amor no correspondido, por una discusión con su familia, o por una escena triste en una película en la que un animal moría.
—No te preocupes —dijo Alex, sorprendido de escuchar su propia voz, tan baja, tan frágil—. Te pondrás bien. No vas a morir.
Su mirada se encontró con la de Jun, que había rasgado la camiseta de Daniel para ver mejor la herida. Una oleada de sentimientos contradictorios sacudió a Alex. Dejó de lado su odio por Jun. La única certeza que quedaba era que debía intentar salvar a su amigo.
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VINCULADOS
FantasyAlex, un joven universitario, descubre un misterioso huevo que altera su vida por completo, vinculándolo a fuerzas sobrenaturales que no comprende. A medida que extraños sucesos se desarrollan, Alex se encuentra en el centro de una batalla entre pod...
