Capítulo 40

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Gato escaldado, del agua fría huye


Mientras que Li veía la entrada de su novio con admiración, siendo este su salvador, las otras tres personas lo consideraban un enemigo más. La preocupación se reflejaba en sus rostros. Era perceptible a pesar de su disimulo. Alex se preguntó qué tan formidable podría ser Nian. ¿Sería capaz de inclinar la balanza a favor de Li?

La sorpresa inmovilizó a todos. Nadie parecía esperar esa irrupción. Pero Li no desperdició la oportunidad: en apenas dos segundos, se liberó y volvió a la acción. Su movimiento rápido despertó a los otros combatientes, y la lucha continuó.

Sin embargo, entonces había un nuevo factor. Nian era innegablemente superior en la mayoría de los aspectos físico: su altura, los largos brazos y piernas, y la fuerza flexible de sus músculos equilibraban la desventaja numérica. La pelea de tres contra dos se volvió extrañamente pareja.

Lo que más llamó la atención de Alex fue la coordinación entre Li y Nian. Aunque las otras tres personas parecían entenderse sin palabras, ellos se movían como una extensión el uno del otro. No necesitaban mirarse. Cuando Li saltaba, Nian atacaba desde el otro lado. Si ella lanzaba una patada alta, él respondía con una barrida baja. Cada golpe, cada esquiva, cada ademán estaba en perfecta sincronía.

La velocidad era abrumadora. Incluso con su mejorada visión, Alex apenas lograba seguir los movimientos. Se sentía como si estuviera viendo una película de acción con coreografías imposibles. Saltos acrobáticos, volteretas, giros fulgurantes. Pero no había nada artificial en aquello; eran fuerza y técnica pura. Y a pesar de la brutalidad del combate, ninguno mostraba signos de agotamiento. Sus respiraciones seguían serenas.

Entonces, la chica más alta desenfundó las armas de su cinturón. Dos sables de filo letal destellaron bajo la luz, y Alex sintió un escalofrío. Su manejo era impecable. Con giros de muñeca precisos, dibujaba arcos plateados en el aire. Cada tajo estaba calculado para intimidar, para herir sin matar. Pero la tensión era innegable. Solo un error podría significar la muerte.

¿Cómo era posible manejar dos sables con tanta destreza? Alex se preguntaba cuántos años de entrenamiento habrían requerido esos movimientos.

La longitud de las armas le otorgaba a la chica un dominio territorial. Nadie podía acercarse sin arriesgarse a ser alcanzado. Pero Li nunca había sido de las que temían el peligro. Aprovechó una distracción momentánea: esquivó una patada giratoria de Jun y el latigazo de la otra chica, deslizándose por el suelo como una sombra. La joven de los sables, ocupada con Nian, no vio el peligro hasta que fue demasiado tarde.

Li lanzó una patada directa a la mano que sostenía una de las armas. El sable voló por los aires, tintineando al caer. La chica apenas tuvo tiempo para reaccionar. Con el otro sable en ambas manos, dibujó un corte horizontal perfecto, dirigido al pecho de Nian. Pero él, con la rapidez de un relámpago, se echó hacia atrás. El filo cruzó el aire a milímetros de su cuerpo.

Li, entonces armada con el sable caído, volvió a encarar a sus oponentes. La batalla no daba tregua. ¿De dónde sacaban tanta energía? Incluso después de enfrentarse a un dragón, ninguno parecía dispuesto a ceder.

La acción no cesaba. Cada golpe resonaba en el aire como un trueno, y la ferocidad de los combatientes parecía inagotable. Pero Alex... Alex sentía que su energía se desvanecía, como arena escurriéndose entre sus dedos.

—Alex.

La voz de Daniel era un eco lejano. Su amigo estaba cerca, pero las palabras apenas atravesaban la bruma en la mente de Alex. Su corazón latía con una pesadez insoportable, y sus piernas tambalearon. Sintió un tirón cuando Daniel lo sujetó, evitando que cayera de bruces.

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