La medicina sólo puede curar enfermedades curables
El grupo decidió quedarse unos minutos más en el lugar, disfrutando de su recompensa tras un largo y agotador camino. Pronto, el frío mordaz del agua se tornó en una frescura agradable, y el murmullo de la cascada acompañó su descanso. El tiempo transcurrió con sorprendente rapidez, en contraste con la travesía de ida. Cuando Alex apenas comenzaba a relajarse, la voz de la guía irrumpió en el ambiente, apremiándolos a retomar la marcha. Debían regresar antes de que anocheciera; caminar en la oscuridad era demasiado peligroso.
Algunos suplicaron por unos minutos más, pero finalmente todos abandonaron el agua. Los más valientes, aquellos que se habían sumergido por completo, no tardaron en secarse bajo el sol ardiente.
—Si ya estamos todos listos, volvamos —anunció la guía, esperando a que la gente se cambiara—. Supongo que tendréis hambre.
Un murmullo de aprobación recorrió el grupo antes de que retomaran la marcha. La ruta que les había parecido interminable en la ida se sentía entonces más llevadera, más familiar. Tras unos minutos de caminata, Li lanzó una mirada a Alex, quien captó de inmediato su intención. Poco a poco, sin hacer ruido, ambos redujeron el paso hasta detenerse por completo. Se quedaron inmóviles en medio del sendero, asegurándose de que el grupo continuaba sin notar su ausencia. Incluso Ana y Fran, absortos en su conversación, no miraron atrás.
Cuando los excursionistas desaparecieron de su vista, Li giró sobre sus talones y comenzó a desandar el camino. Alex la siguió sin dudar. Regresar al punto de partida no les supuso ningún esfuerzo; apenas se habían alejado. Además, la luz del atardecer aún les brindaba suficiente visibilidad.
Frente a la Cueva del Gato nuevamente, observó el entorno con una mezcla de admiración y nerviosismo. Aquella sería su primera noche acampando en la naturaleza. Aunque disfrutaba del aire libre, no estaba del todo seguro de estar preparado para sobrevivir en él.
Li comenzó a recorrer los alrededores, bordeando el agua en busca de un escondite adecuado. Necesitaban un sitio discreto, apartado de miradas curiosas; aunque dudaban que alguien se acercara a esas horas.
—¿Qué ha sido eso? —exclamó Alex de pronto, alertado por un crujido en la maleza.
Su instinto de supervivencia se había afinado en los últimos días. No confiaba en las sombras, ni en el silencio.
El sonido se repitió, seguido de un leve movimiento entre los arbustos. Alex miró alrededor en busca de algo con qué defenderse, pero no encontró nada. Luego, dirigió su vista a Li, que avanzaba sin inmutarse.
Un gritó escapó de sus labios cuando una figura apareció junto a él. Su corazón dio un vuelco, pero la sensación duró apenas un segundo: era solo un conejo. El pequeño animal, asustado por su reacción, huyó a toda prisa.
«Es el conejo quien debería temerte a ti, no al revés. Relájate», se reprendió mentalmente mientras se apresuraba a alcanzar a Li.
Tras explorar la zona, encontraron un árbol lo suficientemente grande como para brindarles algo de cobertura. Li dejó caer su enorme mochila contra el tronco con un suspiro de alivio. A lo largo del camino, la gente los había observado con curiosidad, preguntándose qué podía llevar en aquel bulto negro. Si supieran que dentro transportaba todo lo necesario para pasar la noche, quizás habrían hecho más preguntas.
Sin perder el tiempo, Li abrió la mochila y comenzó a sacar su contenido. Alex atrapó al vuelo un par de pantalones largos y se los puso sobre los cortos. La temperatura bajaría con la puesta del sol. También cogió una chaqueta, aunque de momento la ató a su cintura.
Se acercó al agua, observando la pequeña cascada y la boca de la cueva de la que emergía el río. Su mente divagó por un instante hasta que Li interrumpió sus pensamientos.
—¿Tienes hambre? —preguntó ella.
—Mucha —admitió Alex. El ejercicio físico le abría el apetito.
Li sacó la comida que habían preparado en el hotel. Mientras comían en silencio, Alex se inclinó hacia ella con una pregunta que le rondaba la cabeza desde hacía rato.
—Oye —dijo, alzando el brazo y mostrando el brazalete de serpiente—, hemos venido aquí para quitarme esto, pero aún no me has explicado cómo.
Era irónico, incluso absurdo, cómo Alex seguía confiando en Li sin exigir respuestas completas. Tampoco es que tuviera mejores opciones. Ella le había hablado sobre el ritual, sí, pero de forma vaga, sin profundizar. No tenía idea de lo que realmente iban a hacer.
Li levantó la mirada y respondió con naturalidad.
—En el eclipse el brazalete se convierte en serpiente.
Alex frunció el ceño, confundido. No estaba seguro de si hablaba de forma literal. ¿Se refería a que el amuleto cobraría vida? A estas alturas, habían aprendido a o cuestionar lo inexplicable.
Bajó la vista al brazalete en su muñeca. El peso se había vuelto parte de él, u accesorio tan familiar que, por un instante, se preguntó si lo extrañaría. Sacudió la cabeza con fuerza. ¿Cómo podía siquiera plantearse algo así? No echaría de menos el caos, ni las constantes huidas. Definitivamente, no sentiría nostalgia por caminar al filo de la muerte, huyendo de monstruos que sólo podrían haber pertenecido a los cuentos.
Después de cenar, Alex sintió la necesidad de moverse.
—Necesito estirar las piernas. Me duele el culo de estar sentado tanto rato.
El suelo no era el asiento más cómodo del mundo.
Se aventuró a cruzar el lago saltando de roca en roca. Li lo siguió de cerca, añadiendo presión con su mirada fija en su espalda. Cuando por fin llegaron al otro lado, decidieron explorar un poco antes de que terminara de oscurecer del todo.
Alex jugaba distraídamente con una botella de agua, lanzándola y atrapándola en el aire. En uno de sus malabares, la botella resbaló de sus manos y rodó por el suelo. Li lo miró con una ceja arqueada, pero no dijo nada. Sin darle importancia, Alex la recogió y la limpió con los dedos y el borde de su camiseta.
Cuando aún estaba agachado, un leve movimiento a su derecho lo hizo tensarse. Su primer pensamiento fue el peor: ¿una criatura acechándolos? Contuvo la respiración y entrecerró los ojos para ver mejor entre la maleza.
No tardó en reconocer la pequeña silueta: era el mismo conejo de antes. Esta vez, sin embargo, algo estaba mal. Su respiración era errática, entrecortada. Su pequeño cuerpo temblaba en espasmos débiles, como si luchara por aferrarse a la vida.
—Voy a por el botiquín —dijo Alex, impulsado por la urgencia de hacer algo.
Recordó que llevaban un botiquín en la mochila. Li tenía conocimientos básicos de medicina, o al menos parecía después de verla curarse a sí misma. ¿Serviría para un animal?
Pero cuando intentó moverse, una mano firme lo detuvo.
—¿Por qué? —preguntó, la confusión tensándole la voz—. ¿No vas a intentar curarlo?
Li no respondió. Solo movió la mano, rápida como un latido.
Alex vio el destello de metal un segundo antes de que la hoja descendiera. Un chasquido sordo. Un golpe seco contra la carne. El cuerpo del conejo se sacudió una vez, espasmódico, antes de quedarse completamente quieto.
Por un instante, su mente se negó a procesarlo. La imagen no encajaba. No podía ser real. Pero ahí estaba: la pequeña criatura sobre la tierra como un muñeco roto, con un hilo oscuro de sangre manchando su pelaje blanco.
Su estómago se revolvió. Tragó saliva con dificultad.
Li, en cambio, ni siquiera parpadeó.
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VINCULADOS
FantasyAlex, un joven universitario, descubre un misterioso huevo que altera su vida por completo, vinculándolo a fuerzas sobrenaturales que no comprende. A medida que extraños sucesos se desarrollan, Alex se encuentra en el centro de una batalla entre pod...
