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Mehgan
En un mundo cargado de catástrofes, un beso parece la cosa mas insignificante.
Excepto cuando te da tanta seguridad que te sientes completamente fuera de ti misma, del mundo que te rodea, del suelo bajo las suelas de tus zapatos. La suavidad de la otra persona, su proximidad, y por sobre todo lo demás, el afecto que constantemente albergas, pero pasas por alto, se abren paso fuera de ti, ebullendo como lava ardiente de un volcán.
A veces es demasiado para soportar. A veces parece hermoso, e... inapropiado.
En cuanto lo pensé, me alejé. Moví mis brazos al frente, empujándolo tanto como podía, sin ser brusca, sin usar algún tipo de fuerza innecesaria -no es que fuese a hacerle algún daño, a veces él se mostraba tan fuerte que me parecía imposible imaginarlo derrotado-, pero intentando volverme firme, segura, resolutiva. Algo que pocas veces habia sido. Algo que, en definitiva, no quería.
¿Qué quieres? Quería volver a sentir ese subidón de emociones, ese calor delicioso e incomparable en todo mi cuerpo, quería tirar de él de nuevo y...
—¡¿Qué haces?! —exclame, mirando a los lados, tan rápido y con tanta sorpresa que mi voz era un jadeo. Mi pecho parecía a punto de explotar, intentando suprimir los demoledores latidos de mi corazón. No había espejos, no había reproches, pero si suficiente ansiedad como para ahogarme con ella.
—¿Qué? —murmuro el de vuelta, aun estando lo suficientemente cerca como para rozar su aliento contra mi mejilla. Su presencia era imposible de comparar, inmensa, abrumadora, intimidante, pero a la vez tan suave y cálida... Delicada como el ala de una mariposa o las paginas de los libros mas antiguos. Me arme de valor un segundo para devolverle la mirada. Estaba tan cerca que sentí que se me escapaba un suspiro. Podía mentirme a mi misma y decir que se trataba de la impresión, de la inexplicable sorpresa, de la idea de ser vista por otros, pero la verdad era otra.
Oculta bajo mis labios, mis parpados y mi pecho, la verdad impulsaba mis latidos y aceleraba mi respiración. Era un suspiro de adoración.
—¿Dónde están los demás? —murmure, intentando ordenar pensamientos, y el criterio para demostrar que no era el momento para un beso. Pero, ¿Por qué no? No podía encontrar la respuesta en ningún lado. Era como estar sobre una nube, con sus manos en mis codos, su mirada gentil acariciando mi rostro y un cariño inexplicable llenando el mínimo espacio que nos separaba.
—¿Acaso importa?
—Justo ahora, si—respondí, aunque no estaba muy segura de eso. — No sé si...
Se inclino, interrumpiéndome con su imponencia, y deslizo sus labios por mi mejilla, hacia mi oreja, con lentitud y deseo, con cariño y cierto nerviosismo paralelo al mío. Sus manos me rodearon y me oprimieron contra su pecho, la urgencia de su toque me produjo un escalofrío. —Solo quiero besarte. Aquí, una vez, sin que nadie nos vea. Una y otra vez, una y otra vez...—deposito un beso corto y suave en mi mejilla, y luego otro, y luego otro, sosteniéndome cada vez con más rudeza y desesperación.