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Narrador omnipresente
Mil años de búsqueda, y aun no habia ni un rastro de ellos.
Aunque no de forma literal, así se sentía. Mil, dos mil, tres mil años. Cada minuto figuraba a varios años de espera, donde el tiempo se volvía lento, lastimero, puramente conceptual. Tan rápido como los pensamientos de miedo y pánico desbordando su mente, pero tan lentos como la agonía misma.
Extraño habría sido una palabra patética para definirlo. Quizá podía intentar con...
Nada. La mente en blanco.
Nunca habia sido el más letrado de sus hermanos, pero su cabeza y su cordura se reducían con cada minuto. Igual que su coraje. Igual que su valor. Igual que su resistencia a las memorias. Oh, los recuerdos. La peor forma de tortura.
Tengo que calmarme, pensó Cameron, mirando a través de la ventana en su izquierda. Buscando algún tipo de paz en el horizonte en vano. Obsesivo, si, quizá esa palabra podía ser más apropiada. Miro de nuevo, esta vez enfocándose en las tiendas que estaban siendo montadas en la lejanía, aunque aún dentro de los terrenos de los Garred; eran los sobrenaturales que habían decidido quedarse, bastante pocos en comparación a la gran cantidad que habia asistido a la caótica reunión del día anterior.
Luego de planes apresurados y conversaciones diplomáticas -durante las cuales Cameron habia querido matarse del aburrimiento y Paul casi se duerme- se habia llegado a un breve acuerdo de alianza con ellos. Habia existido desde el inicio, por supuesto, pero siempre supervisado exclusivamente por los vampiros.
Un código de honor intachable y una ley de hierro... Que ellos mismos habían roto.
—¡Es que no tiene sentido! —Chase pensaba lo mismo. Sentado sobre uno de los sillones, piernas cruzadas, el plato de comida casi vacío en la mano derecha y sus ojos fijos en la gigantesca mesa frente a él. Parecía que buscaba respuestas flotantes sobre los documentos esparcidos sobre ella, en el mapa del templo de Samael extendido a un costado, o en lados laptops abiertas, una junto a otra, en uno de los extremos, conectadas a un par de dispositivos de rastreo con pantallas brillantes, una mostrando un radar, la otra, una línea constante de números pasando de forma infinita. La decodificación era compleja, Chase siempre lo habia sabido. Pero con el estrés y el pánico encima, era peor.
Al moverse para dejar el plato, choco con uno de los cables. Logro sostenerlo antes de que se cayera. Estaban desordenados y apilados en moños confusos, incluso los de carga. Mas allá, sobre el mapa y parte de los documentos apilados habia un rastro de armas descargadas, un cinturón enrollado, un encendedor y una lapicera se habia caído, dejando que su contenido rodara por todas partes. Bolígrafos y plumones con puntas desgastadas, un compás de medición, un par de cintas métricas, hilos de cuerina y un cumulo de balas sin identificar se habían regado a lo largo. Nadie se habia tomado el tiempo de acomodarlo, y Chase intentaba mirar todo menos eso, porque no quería tener que ordenarlo por tercera vez sin ser llamado neurótico. Bufo de nuevo: —¡No lo tiene!