Capitulo 43

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Habia una luz.

La podía sentir. Como un susurro, un soplo cálido contra la piel suave de su espalda, al filo del mundo entero, o quizá, al filo de sus pensamientos.

Quería moverse, pero no habia una razón para hacerlo. La bruma a su alrededor era espesa, un manto fuerte que la cubría, protegiéndola igual que la armadura metálica alrededor del soldado más fuerte.

Pero... habia algo curioso en la bruma. Algo siniestro, correoso, diferente. Una sensación que no solo la empujaba, también la cubría de una gélida frialdad que pocas veces habia experimentado antes.

La pequeña luz en su espalda, sin embargo, se sentía como el toque bendito de algún dios benevolente. Calmaba sus nervios, volviendo sus latidos lentos y seguros, reduciendo a nada la incomoda sensación brumosa que la rodeaba.

En silencio, y como un pensamiento fugaz, agradeció tener la luz. '¿Se trataba de un rayo de luz, de una simple fuga, de algún tipo de luz solar o acaso era artificial? Se sentía demasiado bien como para ser falsa. Se sentía como...

Se sentía muy poco real. Pero poco podía hacer para ver de dónde provenía. Solo podía quedarse acostada en su lugar, sintiendo la calidez tocar su espalda, bañando su sediento espíritu, empañando los pensamientos del frio lo suficiente como para ignorarlos.

Tengo frio.

Tengo frio.

Tengo frio.

Hija, despierta.

Abrir los ojos fue un acto de guerra. No habia una razón para explicarlo, solo un mundo abstracto sin forma que suprimía sus miembros tanto como el hilo cambiante y común de sus pensamientos. Era guerra porque nadie lo habia pedido, y porque, parte de ella estaba segura, era un acto prohibido.

Prohibido, igual que moverse, que respirar, que recordar.

—¿Qué haces aquí? — se escucho a si misma preguntando. Curioso, porque estaba segura de no haber abierto la boca.

El hombre acostado a su lado le devolvía la mirada con la ternura de un familiar. Aunque sus rasgos, desdibujados e indescifrables gracias a esa bruma espesa a su alrededor, tenían un tinte conocido que no podía descifrar. Algo más se encendió en su pecho, un fuego que amenazaba con crecer.

La luz en su espalda la mantuvo a raya.

—¿Por qué estas aquí? —¡pregunto de nuevo. Otra vez, la acción la hizo estremecer. ¿Cómo era posible que escuchara su voz, si no estaba moviendo los músculos de su boca? —Por favor, déjame tranquila.

El hombre no le respondió. Y eso le rompió el corazón. No por la falta de respuesta, sino por la razón. No hablaba no porque no quisiese, sino porque no podía. Estaba muerto.

Lycans III: ApoteosisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora