Capitulo 34

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¿Dónde estás? ¿Dónde estás? ¿Donde...?

Te necesito. Te necesito.

Vuelve a mí.






Narrador Omnipresente.

Él nunca habia visto un ser humano de esa manera.

Sabía que eran y como se relacionaban, pero nunca habia intentado comunicarse con alguno. Desde allí arriba, todos parecían iguales. Con cuerpos morfológicamente parecidos a los de los ángeles, pero con espaldas vacías y músculos menos pronunciados. Las hembras eran más delicadas y con rasgos más suaves, los machos tenían una seguridad inexplicable que llegaba a ser curiosa.

Gabriel nunca se habia puesto a pensar en cuanto podrían albergar sus pequeños cuerpos. No solo eran mortales, sino que tenían sangre roja y de olor fuerte, igual que los animales. Jamás se habría puesto a pensar... o si quiera a considerar, que en ellos residiría la capacidad de...

Se inclino sobre la rama con gracilidad, sin dificultad o algún tipo de premura. No iba a admitirlo nunca frente a nadie, pero le habría gustado verla. Los humanos eran curiosos por naturaleza, pero luego de haber escuchado el nombre de esa humana en particular, algo dentro de él se habia sacudido con demasiada intensidad. Parecía curiosidad, pero también algún tipo de emoción que desconocía. O quizá la conocía, pero nunca como el resto de criaturas en el ecosistema que custodiaba.

Quizá estoy pensándolo demasiado. El pensamiento hizo que Gabriel volviera a su posición inicial. De vez en cuando le gustaba sentarse allí a admirar la colonia de la familia Ravenwood, una de las mejor establecidas en todo el territorio, y, en definitiva, llena de curiosos humanos que compartían la sangre elegida.

Sonrió para sí mismo, avergonzado. Vaya cosa tan impresionante. Sentir dichas emociones era un misterio muy intrigante. Muchas veces, más de las que le gustaría admitir, se habia preguntado que poseían los humanos para ser elegidos por sobre los ángeles. ¿Era suficiente? Probablemente sí. No existía algún tipo de duda con las decisiones de los altos. Aun así, la curiosidad permanecía. Se movía como una serpiente susurrante, buscando decirlo todo y a la vez nada. No todos los ángeles expresaban con libertad admiración, -o en general cualquier emoción dirigida hacia los humanos-, con la facilidad con la que Gabriel lo hacía.

Pero claro, él tenía suerte. Siempre tenía alguien que podía escucharlo. Alguien que lo entendía lo suficiente como para no juzgarlo... O quizá, pensó, soltando una risa avergonzada, juzgándolo mucho, pero no exponiéndolo con el resto de ángeles, quienes en definitiva no lo habrían recibido bien. Porque Lucifer podía ser cualquier cosa, pero jamás un traidor.

Lycans III: ApoteosisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora