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La tragedia de tu existencia no puede ser peor que las crueldades que te depara el destino.
Cameron tenía un sueño recurrente. Cuando entraba en fase, cuando salía, cuando volvía a entrar en sus memorias y rascaba los bordes de estas con patas malformadas, cuando miraba al pasado intentaba permanecer en el presente.
Cuando la sangre en sus recuerdos parecía mas humana que sobrenatural.
Pocas veces podía ver su propio reflejo en ellos. Cuando lo hacía, el hombre que le devolvía la mirada observaba casi sin ver, con sus mismas facciones, su mismo cansancio, su misma curiosidad sutil... pero nunca con los mismos ojos. Habia algo raro, algo que odiaba notar. Porque sus ojos parecían cargados de algo más. Algo difícil de recordar.
—¿Vas a matarla? —repetía la voz, fuerte, curiosa.
Su rostro era un borrón difícil de comprender, sus dedos finos y preciosos, intentaban tocarlo. Cameron no quería acercarse, sabía que, si lo hacía, algo malo sucedería. Habia un par de alas blancas en alguna parte, alas que le fascinaban, alas que admiraba.
—Lucifer, mírame a los ojos.
Pero Cameron no podía. Porque no sentía que debía, porque su nombre era Cameron. ¿Era Cameron?
Ella entonces se acercaba. Tenia hermosos ojos oscuros, un perfil delicado, pero una furia intensa en su mirada. Amber le sonreía, y juntaba su nariz con la de el con delicadeza, un acercamiento lleno de intimidad que se sentía como pisar el cielo. Podía sentir sus manos en los hombros, su pecho apegado contra el de él, las puntas de su cabello tocándolo en distintos lugares. Quería tocarla, pero parecía tan superior a el que le avergonzaba.
Si la tocaba, la ensuciaría.
—¿Vas a matarme? —preguntaba ella, sus labios rozando los suyos, el calor devorando cada parte de su cuerpo, la presión de su presencia vuelta un lago en el que añoraba ahogarse. Hundirse en lo más profundo de su existencia, desearla, adorarla, devorarla...
Se inclino, su voluntad rompiéndose como un cristal grietado, sus manos buscándola, pero ella lo detuvo con su propia inmaculada fuerza. Las alas blancas aun podía verlas, su dueño, sin embargo, se escondía.
Amber hablo de nuevo. Sus ojos brillantes en un azul efímero. Un azul Lycan.
—Amor mío, prométemelo. —su susurro acariciaba sus labios, Cameron intento absorber cuanto pudo de ella— Entrégame tu corazón, y podrás llevarte el mío cuando desees.
—Pero si tu corazón ya me pertenece—se escuchó decir. Aunque no habia querido hacerlo. Embriagado por las sensaciones y el ambiente devorador que la rodeaba, era difícil saber que era real y que no.