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El desorden sobre la alfombra era vago en mi recuerdo. Un peluche torcido, un par de autos de plástico volteados, un dragón con un ala rota y enormes ojos y el montón de soldaditos esparcidos por todos lados formaban parte de los juguetes que podía recordar. El peluche era suyo, Andrew lo sabía. Lo amaba casi tanto como Paul amaba ese enorme dragón -que a Andrew le daba miedo hasta tocar-, por ello fue extraño verlo ahí, arrodillado frente al dragón y el resto de juguetes, con el ala rota en la mano derecha y el cuerpo sobre el suelo, olvidado, roto y sin posibilidad de ser levantado.
—Paul—murmuro Andrew, dando cortos pasos hacia él. Sus manos pequeñas tantearon en el espacio hasta llegar al peluche, el único sobreviviente a la masacre que su hermano acababa de cometer. Le dio un toque en el hombro. Paul miraba el ala rota, ojos fijos, boca temblorosa. —¡Paul, el dragun! ¡¿Qué le paso al dragun?!
Paul alzo la mirada hacia él. Su pelo corto casi al ras del cráneo, sus ojos hinchados y su nariz húmeda. Andrew no podía apartar la mirada del ala rota. Tenía que decirle a mama, o a papa, ¡O a alguien! —¡Espera aquí! ¡ya vengo!
Aun con el peluche en la mano se las arreglo para levantarse y salir corriendo hacia el segundo piso. Subio las escaleras con lentitud, agarrándose fuerte al barandal, salvando la vida de su peluche con la mano sobrante. Atravesó el pasillo largo de puertas altas y llego hasta el cuarto del final. El de la puerta negra. Se estiro tanto como pudo hasta que su mano llego al mango y tiro, pero, por primera vez en su corta vida, la puerta no abrió.
Toco con la mano abierta entonces, quizá estaba dormida. —¡Mami, mami, Paul rompió el dragun, hay que pegarlo! ¡Mami! —nadie abrió. Un par de golpes más. —¿Mami?
Volvió con la misma velocidad donde su hermano. Paul se habia levantado, y tiraba los juguetes rotos en una bolsa negra, exacta a las que usaba su madre para la basura. Andrew se lanzó a agarrarle el brazo justo antes de que lanzara el dragón en ella. —¡No, paul, no lo tires!
Paul se removió del toque — Ya, Andy, se rompió, quédate tranquilo.
—¡Pero podemos arreglarlo! —se las arregló para decir, intentando recordar donde estaba aquel frasco lleno de líquido que mama habia usado para unir su tren favorito, que descansaba bajo la cama en su cuarto. —¡Paul, busca la cosa, la cosa que pega!
—Esto no se pegará. —repitió el, sorbiendo por la nariz ruidosamente. Andrew se rasco la cabeza, aun aferrado al peluche con el otro brazo. —¿Lloras por el dragun o porque4 te caíste?
—Por nada. Ya déjame tranquilo, Andy, yo lo arreglare ¿Tu cuarto esta ordenado? Papa llegara en una hora, recuerda que ayer te regaño por las medias sucias.
Andrew lloriqueo, sacudiendo el peluche — ¡Es que no están sucias todavía!