En un remoto pueblo envuelto en misterios y leyendas, una joven llamada Sidney llega para quedarse con su primo, Scott, después de un largo viaje de intercambio. Pronto, Sidney descubre que el lugar está impregnado de una magia ancestral y oscuros s...
El día del partido había llegado y mis manos no dejaban de sudar. Por un lado, tenía a Liam, que transmitía su ansiedad desde el otro lado del pueblo como si fuera una señal de radio. Por otro, el bruto de mi primo que no aparecía.
—Liam, sabes que eres como mi hijo adoptivo, pero puedo oler tu ansiedad desde acá, y honestamente, no me deja respirar. Lo mismo te digo, Stiles —dije, sentándome en la banca para ponerme los zapatos.
—Sabía que también estabas preocupado —comentó Liam.
Stiles me lanzó una mirada acusadora. Yo solo rodé los ojos.
—Déjame decirte algo —comenzó Stiles—. He estado practicando. Y soy bueno. Muy bueno.
Liam y yo lo miramos incrédulos.
Y, apenas empezó el partido, Stiles se encargó de demostrar lo contrario.
Liam y yo observamos cómo lo golpeaban, lo tacleaban, lo revolcaban y honestamente, ya quería arrancarme los ojos. Por más que lo intentábamos, siempre terminaban anotándonos.
Durante el cambio, los tres nos sentamos en la banca.
—Ni Scott ni Kira contestan —dijo Stiles, claramente preocupado—. Voy a buscarlos.
Eso solo logró que mis nervios aumentaran.
—Yo te acompaño —dije de inmediato, pero Stiles negó con firmeza.
—No. El entrenador no notará si me voy, pero tú sí haces falta. Es mejor así —luego giró hacia Liam—. Estarás bien —le aseguró, dándole una palmada en el hombro.
Fruncí los labios mientras lo veía alejarse.
—Esto no me gusta nada —murmuré.
Vi cómo Stiles se acercaba a las gradas para hablar con su padre y con Malia. Noah se fue con él, y Malia se quedó mirando el partido.
El silbato sonó. Volvimos al campo.
Pero algo andaba mal con Liam. Muy mal.
Se quedó completamente quieto en medio de la cancha, como una estatua, mientras los jugadores del otro equipo lo pasaban de largo. Por suerte, fui lo bastante rápida como para evitar que nos anotaran otro punto.
Tuve una pequeña esperanza cuando, de repente, Liam comenzó a moverse como un rayo por la cancha, hasta que un jugador del equipo contrario lo tacleó de frente.
—¡Liam! —corrí hacia él y me agaché frente a su cuerpo tendido—. ¿Estás bien?
Le quité el casco con cuidado.
—Sí... sí...
—¿Por qué hiciste eso? —me dirigí a Brent, enfadada.
—Porque tiene miedo. Puedo olerlo desde el otro lado del campo —dijo con total tranquilidad.