Epílogo.

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Margot:

Han pasado cinco años desde aquel día en el que mi hijo murió.

Las rosas rojas dejan a la vista su tumba que he decorado con juguetes y cosas que le gustaban, entre ellos, su toalla de peces que está perfectamente doblada sobre su lápida.

Han pasado los años y su recuerdo me persigue, me ha llevado tanto tiempo pensando en él que no tengo consuelo, a pesar de que ahora me he mudado a Alemania, aún es difícil adaptarme, más cuando Alana llega a mi lado y me sonrie.

Alana es mi hija, y ha logrado vivir un año más que Aslan, quien ahora debería de estar entrando a su étapa adolesente.

—¿Ya nos vamos? Quiero ir a dormir a casa.

Alana fue lo último que Damien quiso dejarme antes de irse, y no puedo creer como es que la sombra de su presencia siempre me va a seguir por toda la eternidad.

Alana es una niña pequeña, de cinco años de edad, cabello castaño como el mío, ojos azules como Damien, y al jgual que aquel tiempo, no tiene los mismos dientes que a mi querido Aslan le hacían falta al momento de su deceso.

Me agachó a su altura y acaricio su rostro. Hemos vivido cinco años en paz, para mi suerte, nadie me conoció en el mundo del narcotrafico, por si acaso vivo en un lugar privado y a salvo de todo este peligro. Acaricio su cabello el cual vuela y acaricia su cabello, sus regordetas mejillas manchadas por el rojo del sol. Inhalo profundo y miro la tumba de Aslan.

—Ahí está tu hermano mayor —le digo—, debes de mostrar tus respetos.

Ella frunce los labios y se acerca, se hinca y deja una flor blanca en el centro, miro la fecha de nacimiento y me hago pequeña, me siento estúpida, bastante para haber conducido a mi hijo a la muerte, yo fuí su asesina también, pero, maldita sea, estaba desesperada...

Una lágrima sale, pero la limpio antes de que Alana la vea. Ella me sonrie de regreso, agradezco que a diferencia de mí, ella pueda gozar de la felicidad que su madre y hermano mayor no pudieron.

Inhalo profundo, me acerco a ella para tomarle la mano y antes de marcharme, dejar un beso sobre la lápida de Aslan.

—¿Quieres ir a comer hamburguesas?

Alana asiente y brinca, yo la llevo conmigo.

Si se preguntan como hemos vivido estos años, han sido por las rentas que Damien dejó a saber donde, pero el dinero sigue llegando. Estoy conectada con los arrendatarios, y si dejan la casa, viajamos yo y mi hija a ver las condiciones de la casa y arreglarlas. He vendido muchas de ellas, y he invertido aquí, en Alemania.

Vivimos bien, de algo tenía que servir Damien.

Pero puedo decirles, que siempre me hará falta la presencia de los tres hombres de mi vida: Aslan, mi padre y Damien, por quien me pregunta seguido Alana más que por su hermano mayor, apuesto que se habrían llevado bien, Aslan era tranquilo pero Alana es energética y entusiasta; me pregunto si le hubiese dado esta vida a Aslan, hubiera sido igual.

No hay nadie quien pueda hacernos daño, estamos en paz ahora mismo gracias al dinero que Damien me dejó, y a la felicidad que Alana me está dando.

Perdí el gusto en las relaciones sentimentales, no me involucro por miedo a que todo aquello que pasó vuelva a repetirse, e incluso, me atrevo a decir que vivo en una tristeza infinita todos los días, no puedo vivir con tranquilidad, extraño a Aslan, lo hago con cada respiro que doy, con cada segundo que pasa y minuto que vivo, deseo que esté aquí aunque Alana este.

Pero los necesito, necesito a Aslan.

Aquel día, no mentí cuando dije que solamente le guardaba rencor.

Pero una parte de mí sí lo quería.

Muy pequeña, tan pequeña que puede abarcar mi minúsculo dedo meñique.

—Mamá, ya terminé.

Alana me extiende el plato, y es ahí que los ojos de recuerdos bañan los míos y me ponen nostálgica.

Pareciera que ahora mismo, ambos me ven através de ella.

Inhalo profundo y sonrio a labios cerrados.

—Bien, vamos a casa a tomar una ducha.

Era feliz.

A veces.

Pero Alana me recordaba el por qué debo de seguir viva, y es por ella.

Tal vez por eso Damien me dejó a Alana, por que sabía que sin ella, no podría sobrevivir.

Mi amada Alana me ha dado la felicidad en estos cinco años, yo la amo, ella me ama a mí, y aunque no me muestro tan feliz, no es lo mismo que cuando recién llegué de Rusia, con las cenizas de mi hijo en una bolsa de plástico, no fue tan doloroso cuando Alana me dijo que venía en camino, mucho menos cuando nació.

Me ha dado poco a poco razones para vivir y ser feliz.

Mi pasado ha sido una temporada, pero puedo seguir viviendo y darme la oportunidad de ser feliz.

Puedo ser feliz.

Sin recordar.

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