PRÓXIMAMENTE EN FÍSICO
Yulian, una joven que no creía en nada más de lo que tuviera frente a sus narices. Estaba confiada en que el mundo era bueno, pero la vida decidió jugarle una mala pasada obligándola a elegir entre la vida, la muerte y el amor...
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Desperté sobresaltada.
—¿Qué ha pasado, Yulian? —Mark estaba de pie junto a la cama con el rostro pálido—. Has estado toda la noche gritándote, moviéndote.
—¿Qué? ¿No recuerdas lo qué pasó en la madrugada? —me incorporé sobre la cama—. ¡Tú estabas ahí!
—Lo único que paso en la noche es que no dejabas de gritar y sacudirte. Traté de despertarte, pero claramente fue imposible.
Llevé mi mirada hacia la ventana, devolviendo cada recuerdo de lo sucedido a mi mente, tratando de unir las piezas, tal vez, pero ahora solo veía pequeños fragmentos y todos estaban distorsionados.
Mark me miraba, pero no se atrevía a modular palabra, y de cierto modo se lo agradecía, ¿por qué? No tenía idea, pero me encontraba muy confundida. ¿Había sido alguna otra pesadilla? ¿Pudo haber sido una visión? ¿Una realidad alterada? Me encontraba en medio de un montón de preguntas a las que ni siquiera Mark podía darme respuesta.
Me pasé el resto de la mañana en silencio.
Mark por otro lado trataba de sacarme del hoyo en mi cabeza o al menos intentaba entablar una conversación en la que yo no me sentía capaz de participar. Mis ojos lo enfocaban, pero mis labios se obligaban a permanecer cerrados.
Me acomodé en uno de los muebles de la sala con la mirada perdida. Lo veía moverse de un lado para el otro a gran velocidad, ¿él se movía demasiado rápido o yo me había detenido en el tiempo? Me sirvió el desayuno y luego se sentó frente a mí, me hablaba, pero no lo he oía. La fuerte luz de la mañana que entraba por la ventana cada segundo que pasaba se iba apagando.
Mark apareció después frente a mí con lo que parecía ser el almuerzo, y yo aún mantenía la misma posición; mis piernas estaban cruzadas entre ellas y guardaba mis manos en el espacio que quedaba, pasando las yemas de mis dedos por los muslos.
Llevaba sin ver a mis padres los últimos días, pero cada que revisaba mi móvil encontraba sus simples y vacías excusas sobre el trabajo y de que volverían pronto; al parecer sus horarios no se estaban colocando de acuerdo con los míos, nuevamente.
Mark llegó, tomó el plato con el almuerzo intacto que tampoco probé, me miró por unos segundos y luego lo cambió por la cena. Giré un poco la mirada sin cambiar mi posición y noté que ya el sol había desaparecido por completo, ahora solo estaba la luna llena saludándome, rodeada de estrellas y unas nubes que amenazaban con esconderla.
Volví a girar mi rostro, él se había sentado en silencio frente a mí y mantenía su mirada fija, observando cada uno de mis movimientos o más bien esperando que hiciera algo más que estar allí inmóvil y callada.
—Yulian... llevas horas sentada, no comes, no emites sonido alguno, hay momentos hasta en los que parece que ni respiraras —se rindió.