¿Fiesta o funeral?
La niña se mete debajo del ataúd. Se aferra a él con todas sus fuerzas y grita desconsoladamente. Tiene apenas 8 años y es testigo de cómo el cuerpo de su padre reposa ahí dentro, inerte, inexpresivo, frío. Llora sin cesar y le dice a su padre una y otra vez, una y otra vez que se levante, que se pare, que no siga ahí dentro porque le está dando miedo, que no le gusta el lugar y que quiere que se vayan para la casa y acostarse en su cama antes de irse a la de ella, como todas las noches, como siempre, como hasta la noche anterior.
La escena es desgarradora. Las mujeres presentes lloran por lo que ven. Las que no lo conocen, tan sólo de ver a la niña, se quiebran en llanto. Aun los hombres más inexpresivos que están presentes, no pueden contener las lágrimas ante esto. Finalmente, se la llevan para calmarla a otro lugar.
Poco a poco el ambiente se vuelve diferente. Hay tristeza, pero ahora es como si comenzara a disiparse. Ya no hay tanta gente llorando y al cabo de unos minutos, solo sollozos se escuchan aquí y allá. Nada conmovedor. Siguen llegando personas, dan el pésame, miran el cuerpo, algunos se sientan, otros se queda parados, preguntan cómo murió, etc. Luego, las conversaciones se tornan hacia asuntos más cotidianos: el tránsito, trabajo, familia, vehículos. Uno que otro saluda a un amigo que tenía mucho sin ver. Hasta tímidas risas se escuchan, incluso de los familiares. Podría decirse que hay un ambiente ameno, a pesar de todo. Hay conversaciones sobre todo tema y en cada banco. De forma inadvertida, ya la persona muerta deja de ser el tema principal de las conversaciones. Es como si su cuerpo fuera invisible para muchos. Ya casi ni lo notan. Simplemente la vida tiene que seguir. Tenemos que continuar con la rutina porque el mundo no se detiene.
Salomón dice algo que para muchos es ilógico. Sostiene que es mejor ir a un funeral que a una fiesta porque quien va a un funeral, es incitado a reflexionar al ver lo sucedido. Cuando alguien muere, sobre todo si es cercano, debe hacernos reflexionar sobre varios aspectos: que nuestra vida es breve y se puede acabar en cualquier momento. Que es frágil y hay tantas cosas que pueden terminarla y que no están bajo nuestro control. Que nos afanamos tanto, que nos llenamos de ansiedad y de preocupación para eventualmente terminar todos en el mismo lugar, en el mismo destino. Que no sabes hasta cuando tendrás a los seres que amas a tu lado. Que tengo que darle valor a lo que realmente lo merece: amaré más, disfrutaré más la vida con los míos, perdonaré, olvidaré ofensas, dejaré pasar otras…viviré. Pero tengo que irme de la funeraria. Mañana hay que levantarse, mañana hay que trabajar, mañana hay que afanarse, pero ¿de qué vale todo esto? Mañana hay que morir.
(Leer Eclesiastés 7:2)
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A la orilla del lago
SpiritualEsta es una colección de meditaciones, reflexiones, cuestionamientos, preguntas, que han sido escritas como parte de mi experiencia personal con Dios. Ellas reflejan momentos de crecimiento y de fracasos, de gozo y de tristeza, de éxtasis y depresió...
