Capítulo dieciséis.

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En la Tierra...

Adam.

Presioné el botón de entrada de la mansión Brentham, en la pantalla de acceso apareció casi enseguida el rostro de la señora Brentham.

—Hola, Adam. Pasa, por favor. 

La puerta de acceso crujió cuando se abrió por sí sola. Rebecca Brentham cada vez era más rápida en ocultar su decepción cuando veía que no eran sus hijos los que estaban en la entrada de su casa.

Seguí conduciendo por el camino privado de esa familia y dejé mi auto justo afuera de la puerta de entrada donde la madre de los mellizos ya estaba esperándome. Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa; tomé mi cartera, mi teléfono y el sobre que había guardado en mi mochila esa mañana y bajé del auto.

—Es bueno verte de nuevo, cielo —dijo, tomando mi cara entre sus manos y dejando un beso en mi mejilla. Me abochorné un poco—. Ven, pasa.

—Gracias, señora Brentham —respondí entrando a la mansión.

—Te he dicho que me llames Rebecca.

—Está bien, Rebecca —dije sonriendo, mientras nos conducía a la cocina.

— ¿Quieres comer algo, Adam? Debes estar agotado de la escuela. Deneb y Denébola siempre llegaban hambrientos, sobre todo Deneb cuando tenía práctica de natación.

La observé por un segundo, con el cabello rubio recogido, una bata puesta y unas pantuflas afelpadas no parecía una dama de la alta sociedad.

—Me encantaría, muchas gracias —respondí, a pesar del hecho de que no tenía nada de hambre—. Pero no puedes dejarme comer solo, comerás conmigo, ¿no es así?

Sus ojos brillaban con lágrimas a punto de salir por el recuerdo de sus hijos, habían pasado más de tres semanas desde que ellos se habían ido y aunque su madre estaba mejor cada día, no se hacía fácil.

—Quizá como algo —respondió con una voz débil.

Estaba más delgada que antes y sus pómulos más pronunciados; la había ido a visitar tan sólo hace tres días, pero parecía que había pasado mucho más tiempo.

— ¿Michael no está en casa? —pregunté extrañado. 

El señor Brentham no había dejado sola a su esposa desde que sus hijos habían "enfermado" y tenían que estudiar desde casa.

—No, tuvo que ir a New York, parece que la empresa tiene unos problemas y fue a resolverlos.

—Espero que no sea nada grave.

Se encogió de hombros.

—No es nuestra mayor preocupación, hay cosas más importantes.

Me pasó un plato lleno de pasta y esperé a que ella se sirviera uno también, cuando lo hizo ambos comenzamos a comer. 

Había ido a visitar a los padres de los mellizos varias veces desde que había pasado toda esa locura de los extraterrestres y sus naves; había continuado con mi vida como normalmente hubiera hecho, pero había una gran parte de mí que extrañaba a su amigo nadador y, sobre todo, extrañaba a esa chica mal hablada de cabello plateado. Esa chica se había metido bajo mi piel y deseaba estar con ella en donde sea que estuviera, pero sabía que Denébola estaría bien, descubriéndose y pateando traseros por doquier.

—Tengo algo para ti —dijo Rebecca al terminar de comer.

— ¿En serio?

—Sí —se levantó de su asiento y tomó algo del cajón más cercano—. Toma, es el control de acceso para la reja. Puedes entrar cuando quieras —dijo entregándome el pequeño control rectangular—. No creas que me molesta abrirte la reja, es para que sepas que esta es tu casa.

Cygni.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora