Capítulo treinta y seis.

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Denébola.

En la primera ceremonia a la que había asistido en Cygni unos Oscuros llegaron a atacarlos y toda la gente de ahí se puso frente a Deneb y frente a mí para protegernos, ese día no iba a hacer falta eso porque no habían suficientes Oscuros que pudieran atacar.

Subí el tirante del vestido, el mismo que había usado en esa misma ceremonia y en la Unión de Electra y Jabbah, todo traía muchos recuerdos a mi mente, buenos y malos, no podía disfrutar del todo el hecho de que al siguiente día regresaría por fin a la Tierra porque todo se veía eclipsado por las otras muertes que causé durante esa semana y el asunto con Deneb.

Se había localizado otra cueva como la primera, ésta tenía otros niños en la misma forma que encontramos a los primeros, eran menos pero aún así me vi obligada a extinguirlos a todos. Cuando pensé en que esa vez no protestaba sólo por el hecho de que significaba irme de ahí... me di un poco de pena, me sentí hipócrita y sucia, más de lo que ya estaba. Esos niños se sumaron a las pesadillas diarias y no pude hacer nada. No se encontraron más Oscuros adultos pero Ross aseguraba que seguían allá afuera, sin embargo, estaban débiles y sin recursos así que los encontrarían con facilidad.

Con Deneb... ambos fingimos que las cosas estaban bien, yo fingía que no estaba deseosa de volver y él fingía que eso no lo ponía más triste que nunca; en esa semana no hablamos de ese tema, sólo hicimos de cuenta que el día no llegaría y que si llegaba sería algo que ya está, no había porqué hablarlo. Pasó mucho más tiempo con Atria a partir de que el Consejo habló con nosotros, no sé lo que hablaron o si lo habían hecho porque me mantuve alejada de ellos dos durante ese tiempo.

Dejé que los pensamientos se fueran, al menos por un día quería poder volver a sentirme normal, pero tenía la sensación de que eso no pasaría hasta que regresara a mi hogar. Salí de mi habitación y me dirigí a la entrada de la Academia para irme a la plaza de los Cuatro Arcos, bien podía volar como fuego y llegar mucho más rápido pero me apetecía caminar por esas calles y recordar cada detalle que pudiera grabar de memoria.

En la Academia ya quedaban muy pocos Cygnis, todos estaban vestidos con sus respectivos colores, por un día dejaron las armas y corrían de un lugar a otro pero para ver a sus amigos e irse con ellos al festín. Sonreí a esa imagen, porque eso era lo que me gustaba de Cygni, no la muerte y el dolor, los pasillos estaban silenciosos pero era algo bueno, difícil de explicar si no estás ahí mismo. Mientras bajaba todas las escaleras deslicé mi mano por el barandal dorado, hermoso y elegante como los grandes castillos de la antigüedad. El piso de mármol con el que muchos soñarían, los candelabros bañados en oro que estaban prendidos todo el día, las armas colgadas por los pasillos así como pinturas importantes de ciertas batallas, puertas inmensas y pesadas. En la entrada la gran estancia a la que habíamos llegado el primer día, majestuosa y alumbrada por la luz de muchas estrellas entrando por el terlux, o el hoyo como me gustaba llamarlo.

Al salir por la puerta de la Academia encontré a Ese y Ross, estaban en el camino de entrada abrazados y platicando. Ross dijo algo que hizo que Ese reaccionara e intentara alejarse de él empujándolo suavemente, mientras Ross sólo soltaba risas cortas pero fuertes, reteniendo a la otra porque intentaba irse; ambos estaban vestidos sin la ropa de combate y lucían bien pero lo que los hacía verse radiantes eran las sonrisas que tenían.

Pensé en seguirme derecho sin que me vieran y así no interrumpir pero Sinistra sí me vio, y aunque no soltó a su novio, sí concentró su vista en mí.

— ¿A dónde vas? Te hemos estado esperando todo este tiempo.

— ¿Para qué? —pregunté.

—Es obvio que para irnos al festín —lo dijo muy lentamente, como si yo fuera retrasada, sólo puse los ojos en blanco y no le dije nada sobre eso—. Vamos.

Cygni.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora