Me arreglo como hace mucho que no me arreglaba y salgo de mi casa. Me dirijo a mi coche y lo arranco, como hace mucho que tampoco hacía. Conecto mi teléfono al radio para escuchar música, el camino será algo largo. Mientras manejo, el único pensamiento que evoca mi mente es el de ¿qué pasará cuando llegue ahí? Aún a estas alturas no me siento seguro de ir o no; no me siento listo para ver a todas aquellas personas. Pero eventualmente los tendré que ver, el último semestre, ¿qué más da? Al menos aquí podré recurrir a embriagarme.
Llego después de unos 40 minutos de camino, al fin visualizo la casa. Me estaciono en la orilla de la calle, apago el coche, y me quedo mentalizándome unos momentos. Por alguna razón, me siento nervioso, ansioso. Observo mi alrededor a través de la ventana para despejar un poco mi mente: no hay mucho que ver. Sólo el camino de tierra y piedras de los vehículos, sin asfalto; y más allá, la oscuridad abrumadora típica del campo. Lo único que alcanza a iluminar el entorno, es la casa de Germán, que se encuentra pegada a la calle donde me estacioné; la casa que él y su familia únicamente usan para fiestas -claro, gente de su tipo tenían que tener una casa más grande para fiestas que en la que viven-. Y es realmente grande, algo lujosa, de donde además de las luces proviene el sonido de la música a todo volumen y del relajo y los gritos de los invitados que ya llegaron; pero no relajo como los de mi casa, éste es otro nivel de relajo. Llegué una hora después de la que Germán me dijo, y seguramente ya hay muchos adentro que ya ni pueden pararse. Suspiro y me decido por finalmente salir del coche, para entrar a la fiesta.
Golpeo el pesado portón de aluminio fuertemente. A pesar del retumbante sonido, el ruido de la música lo opaca bastante. Sin embargo, inmediatamente me abre la puerta un sujeto bastante alto y fornido, con cara de pocos amigos. Debe ser el portero que contrató Germán, ese tipo lo único que realmente se toma en serio son las fiestas. Entro y escucho el pesado portón cerrarse tras de mí. Observo a mi alrededor: hay un montón de gente, tanto que conozco como que no, entrada en el relajo por todas partes, y haciendo cosas desde lo más normal hasta lo impensable. Están regados por todo el patio, y se ve desde las ventanas y la puerta abierta de la casa que adentro el relajo está igual. Comienzo a caminar entre todos, inevitablemente sintiéndome incómodo. Es esa típica sensación de cuando acabas de llegar y hay un montón de gente entrada en la fiesta alrededor de ti, excepto tú. Pero, esta vez, la incomodidad también proviene incluso de encontrarme a alguien conocido por ahí.
De repente, entre toda la gente, veo a Germán acercándose a mí, abriéndose paso.
-¡Julian, wey, qué gusto verte por aquí! -Se acerca a mí y me abraza, tambaleándose.
Es más que evidente que ya tomó bastante, y ya se le está subiendo. Ésta es exactamente la reacción de un Germán ebrio.
-Sí, yo también me alegro de que me hayas invitado... -Le respondo algo nervioso, devolviéndole el abrazo.
Trato de apartarlo, pero se queda recargado en mí. Deja caer todo su peso en mi cuerpo a falta de control. Me cuesta trabajo mantenerme parado con él encima, además se está moviendo demasiado.
-Wey, ya estoy bien pedo. -Arrastra la voz.
Yo no digo nada. Repentinamente, parece como si su cuerpo despertara, incorporándose rápidamente de la nada.
-¡Ya estoy bien pedo! -Grita, levantando la cerveza que trae en la mano. -¡Vamos a divertirnos, Julián! Ven y ahoga tus penas con unas caguamas. -Se le sigue arrastrando la voz.
Me dirige hacia adentro de la casa, tambaleándose, y ocasionalmente apoyándose de los objetos que tiene cerca. Yo lo sigo sólo por no tener realmente a dónde ir. Se detiene señalándome una mesa para que me siente ahí, pero justo enfrente veo a Daniel. Se queda mirándome, con cierto rencor evidente en su expresión. Y yo, más que con desprecio, lo miro de alguna manera arrepentido.
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La Esencia de la Vida
EspiritualUna familia que me quiere mucho, con buen nivel económico, la oportunidad de estudiar en las mejores escuelas del país donde vivo, y muchos amigos. ¿Qué más podía pedir? La estabilidad rodeaba todos los aspectos de mi vida. Estaba acostumbrado a que...