RECOGIENDO PEDAZOS ROTOS

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- Dime adonde iremos.

La miró desde su altura, parecía tan desesperanzada y frágil.

- Solo tendremos un hogar temporal hasta que la hacienda vuelva a ser lo que fue.

- Y ¿dónde será eso?

Eduardo conducía una camioneta roja que lo esperaba en el aeropuerto a última hora después de tomar un vuelo nocturno. Se sentía en paz, Eliza iba a su lado y todo el mal que los acechaba había desaparecido.

-¿Recuerdas la hacienda que estaba justo al lado... una que le pertenecía a un amigo tuyo?, un tal...

- FELIX... ¿ESTÁS HABLANDO DE FELIX? – Sus ojos se abrieron grandes con la sorpresa.

- Ese mismo.

- Pero ¿cómo?

- Después de todo lo que sucedió logré contactarme con María...

- María ¿cómo está ella... donde se encuentra? – Interrumpió otra vez recibiendo una severa mirada.

- Ella está bien en la casa de Félix, fue la que insistió en que marcháramos hacia allá, junto con el cabeza hueca de su novio.

Recibió un codazo en las costillas en castigo, miró para abajo mientras ella le mostraba la lengua.

- Deberías ser más agradecido... Félix nos está ofreciendo hogar temporal...

- Está bien, está bien.

El silencio se apoderó del vehículo, mientras el polvo del camino los recibía en silencio, extendiéndose entre ambos sin ser capaces de expresar sus emociones. La tristeza y la resignación hacían mella en ellos impregnándolos de un dolor profundo y silencioso. Eliza dio gracias por tener la oportunidad de respirar nuevamente el aroma puro del campo. Pensó en su abuelo y la forma en que murió en sus brazos, debido a una bala de Sebastián... una lágrima rodó por su mejilla y a esta le siguieron muchas más, ya no podía fingir que estaba bien, todo su cuerpo dolía y su cabeza palpitaba con tensión. Sebastián en verdad murió esta vez, al igual que su abuelo... le costaba trabajo aceptarlo estando en esas tierras que Hermes tanto amó, creía que lo podría ver en cualquier momento dando órdenes o paseando por aquellos caminos... casi podía sentir que la llamaría para gritarle o castigarle por alguna de sus payasadas, pero la ilusión se evaporó cuando sintió un calambre, seguido de escalofríos, provocados por un punto en su mente que le decía que eso jamás volvería a pasar.

Movió la cabeza imperceptiblemente tratando de alejar los pensamientos pesimistas que venían en oleadas hacia ella, y se concentró en mirar hacia afuera apreciando lo que la rodeaba en esos momentos, y no en lo que perdió. Pegó un grito cuando pasaron por delante de la hacienda Rinaldi, las enormes puertas de hierro estaban abiertas mientras hombres entraban y salían, a lo lejos pudo observar como aquel reino que había construido Hermes se encontraba totalmente carbonizado. Con pregunta en los ojos miró a Eduardo, este le devolvió la mirada con una triste sonrisa en los labios.

- No te preocupes... solo están trabajando en la hacienda – Alargó la mano tomando la de ella – Llevará un par de años para que la tierra se recupere... pero la casa, junto con todo lo demás, estará listo en unos pocos meses... verás cómo se levantará nuevamente frente a tus ojos.

Soltando la mano de Eduardo se llevó las propias a la cara tapándosela, intentando esconder el llanto que se había vuelto incesante, su corazón dolía de tal manera que le era muy difícil aguantarlo y no enloquecer. Dentro de su mente se seguían repitiendo las imágenes... la hacienda siendo invadida, fuego por todos lados junto con disparos, Sebastián matando a Hermes, Gustavo maltratándola... se repetían una y otra vez. De pronto sintió la mano de Eduardo en su cuello tocándola suavemente, no se dio cuenta cuando detuvo la camioneta, él se acercó a ella aplastando sus labios suavemente contra los suyos, sus besos siempre la reconfortaban, pero ahora todo tenía un amargo sabor. Sintió un poco de presión en el cuello, confundida miró a Eduardo.

HACIENDA RINALDIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora