CAZANDO AL DEMONIO

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Esa mañana bajó las escaleras esperando encontrar a María, pero tuvo la mala suerte de no encontrarla por ningún lado. Deambuló por la casa, pero estaba vacía, a excepción de las chicas de la limpieza. Le sonrió a una muchacha que iba pasando directo a la planta de arriba, y en un arrebato la tomó del antebrazo haciendo que la chica se detuviera.

- ¿Señorita?

- Sí, ¿sabes dónde están todos?, No encuentro a María ni tampoco a mi abuelo y...- Iba a decir Eduardo, pero se contuvo, por mucho que estuviera trabajando sobre confesiones y crecimiento interno no estaba lista para verlo - ¿Sabes dónde se metió todo el mundo?

- Claro que sí, su abuelo salió hacia el pueblo con María, dijeron algo sobre abastecimiento y proveedores. Creo que también pasaban al banco, y el señor Eduardo en estos momentos está con una nueva yegua sin domar que llegó ayer.

Los ojos de Eliza se iluminaron ante el comentario, lo que más le gustaba en el mundo eran los caballos, pero no se atrevería a vagar hasta donde estaba la nueva yegua y arriesgarse a encontrarlo, pero demonios, quería conocerla de inmediato y no estaba dispuesta a esperar hasta la noche donde la vería con poca luz, tal vez si solo la mirara desde lejos no correría ningún peligro de que Eduardo la viera ¿cierto?

Caminó fuera esquivando las diferentes cargas que varias camionetas estaban dejando frente a la puerta. Rodeó la casa y se encaminó directo a la parte trasera donde estaban los establos, el calor ya se estaba sintiendo fuerte otra vez. Cuando llegó al lugar que estaba designado a los sementales y yeguas, dudó un momento y decidió no avanzar más y solo mirar desde la esquina, escondida detrás de una de las paredes del primer establo. Lo primero que oyó fueron gritos de alegría y una algarabía bastante alta, observó cómo la mayoría de los hombres estaban alrededor de una gran cerca, varios estaban montando diferentes sementales rodeando a una hermosa yegua blanca. La miró con adoración y amor instantáneo, el pelaje era plata pura, a excepción de una pequeña mancha negra en forma de estrella justo en su frente, largas patas, elegantes crines bien cuidadas, y una formidable estampa orgullosa... era preciosa, lo más bello que hubiera visto en su vida después de "oscuro".

- Al parecer "oscuro" tendrá novia– Susurró con una sonrisa en los labios.

Prestó un poco más de atención, y vio cómo los hombres que iban cabalgando llevaban lazos listos en sus manos, uno de ellos tenía alrededor del cuello del animal un flojo lazo mientras la yegua tironeaba de vez en cuando. Se sobresaltó cuando de pronto todos empezaron a gritar improperios y obscenidades, elevó una ceja sarcástica cuando notó que todo se debía a que Eduardo se acercaba despacio al animal, se inquietó al notar que Eduardo haciendo alarde, no llevaba ni siquiera una camisa, solo unos jeans desgastados cubiertos de unas chaparreras de color negro, el maldito truhan estaba desquiciado, no llevaba protección de ningún tipo y se notaba que la yegua era bastante peligrosa en su forma salvaje. Caminó pavoneándose y después se subió a la cerca con un pie a cada lado, le dio un asentimiento al hombre que tenía el lazo pasado alrededor de la yegua y este la acercó de forma paralela, el hombre asintió y aseguró el lazo, y con esa señal Eduardo pasó una pierna sobre el lomo y la montó. Enseguida la yegua comenzó a saltar y encabritarse tratando de quitarlo de encima, los presentes empezaron una ruidosa algarabía y a pasarse billetes arrugados de un lado a otro producto de las apuestas.

La yegua mientras tanto no cejaba en su intento de derribar al intruso poniéndose aún más salvaje, mientras los hombres que estaban montados la rodeaban todo el tiempo. Eliza se dio cuenta que otro jinete estaba por detrás de las ancas del animal propinándole pequeños golpes con otro lazo, se quedó con la boca abierta, jamás había visto una domadura en vivo y le pareció demasiado salvaje, todo aquello gritaba "exclusivamente masculino". Siguió observando cómo Eduardo se elevaba al ritmo de los saltos de la yegua, estaba segura de que ninguno de los dos se daría por vencido, la yegua era tan terca como el jinete. Quedó hipnotizada al ver cómo el cuerpo se estiraba y contorsionaba. No supo lo tensa que había estado y se percató solo cuando su pecho se aflojó de la tensión. Cuando el animal dio unos pocos saltos más y por fin se quedó tranquila, el jinete dio una señal y le quitaron el lazo que tenía alrededor del cuello quedando libre, este se atrevió a guiar al animal unos metro más lejos y luego empezó a trotar con ella otros más y se devolvió con una cara sonriente, se maravilló ante lo relajado que se había mostrado domando a la yegua, y el gran dominio que tenía de sí mismo que había mostrado.

HACIENDA RINALDIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora