- Eliza, despierta... ¿Qué haces? -la voz de Clarisa poco a poco la sacó del abismo profundo de sus recuerdos – Eliza, ya tienes que bajar.
- ¿EH...? ¡Ah, sí, claro! – Se bajó del auto con dolor de cabeza y el genio agrio. Clarisa trató de despedirse de su hija con un beso, pero esta se corrió no dejando que su madre la tocara.
Después de un par de horas que se le hicieron eternas arriba del avión, se encontraba parada en el pequeño pueblito que se convertiría en su hogar a partir de ese día. Iba a viajar sola hacia la finca y la idea de la huida le rondaba por la cabeza, pero luego se desvanecieron cuando se acercaron dos hombres con cara de no tener muchos amigos, la escoltaron hasta el auto haciéndola subir, - "De seguro compinches de mi abuelo"- pensó. En el camino vio uno que otro negocio, calles desoladas, unas cuantas tiendas nada llamativas y eso era todo, lo demás se componía de verde a donde quiera que mirara por causa del clima húmedo y como consecuencia acaecía una constante y fina llovizna. A lo lejos pudo vislumbrar los cerros y montañas que rodeaban al pueblo. Bien, oficialmente el pueblo de Puren apestaba, y no quería imaginar en qué clase de miseria se convertiría una vez que quedara atrapada en aquel hoyo.
Los sujetos que escoltaban su camino no se detuvieron en ningún lugar y siguieron avanzando hasta adentrarse en un camino de tierra con nada más que bosque alrededor. Si no supiera que su abuelo era realmente poderoso se habría imaginado que la violarían destriparían y luego la cortarían en pedacitos para enterrarla en ese lugar desolado, era idóneo para ello. Pero terminaron atravesando unas enormes rejas forjadas en hierro inmensamente altas, luego comenzó a aparecer frente a ella más verdor. Curiosa puso atención a todo lo que pasaba frente a sus ojos, tenía que esforzar su vista para poder Visualizar algo de los numerosos campos sofocados con diversos tipos de plantaciones, vides, ciruelos, olivos, girasoles y muchos otros sembradíos que no fue capaz de identificar. El terreno se extendía largo y ancho sobre ellos, realmente era gigantesco, no recordaba que fuera tan inmenso, ¿o acaso se debía a que habían pasado años desde la última vez que había visitado el lugar? Después de unos treinta minutos recorriendo el terreno, Eliza comenzó a apreciar ante sus ojos más sembradíos y claros, pero esta vez parecía como si estuviera ordenado según el capricho de alguien. Tenía un montón de flores que precisaban el cuidado especial de un jardinero, podía distinguir una hilera de rosas champan que dibujaban el contorno del camino con varios nidos de hortensias que se iban intercalando con otros nidos de orquídeas, y salpicados por todos lados se apreciaban flores silvestres de variados colores. Estaba asombrada, era algo sobrecogedor, se parecía a algún jardín encantado por un hada... tal vez esas eran las intenciones de don Hermes Rinaldi al construir ese precioso jardín que abarcaba gran parte del camino. Observó la gran casa principal que se extendía ante ella con sus dos pisos de alto, Hecha de piedra gris abarcaba una gran extensión de terreno a lo ancho impidiéndole mirar lo que había detrás. La primera planta contaba con unos enormes ventanales de cristal que iban desde el suelo hasta el techo, y las ventanas de los pisos superiores eran enormes enmarcadas en una hermosa madera caoba y varios balcones, no contaba con rejas ni portones solo estaban los muros y una magnifica doble puerta principal hecha del mismo tono caoba de los marcos de las ventanas. Era sin duda una hermosa mansión campestre que extrañamente hacía pensar en apacibilidad. Arrugó el ceño con escepticismo por que para ella no representaba más que la misma represión que vivía en Santiago, y le daba la impresión de que era una vigilante eterna tanto de las tierras como de las personas que vivían en ellas.
Eliza bajó del auto. En cuanto puso un pie en el suelo se puso en guardia. Se sentía realmente mal, con náuseas y fatigada de viajar tanto rato; le provocaba asco la nueva vida que llevaría lejos de todas las cosas que conocía. Pensó que su abuelo la estaría esperando, pero solo había una muchacha de no más edad que ella misma y al parecer por su delantal plomo era una sirvienta. Se sintió indignada de inmediato, ¿Cómo podía tener su abuelo trabajando a una chica menor de edad, cuando debería estar estudiando? Ya se había instalado en ella la primera mala impresión. Trató de sonreírle a la chica, pero todo lo que le salió fue una mueca, a su vez esta le respondió con verdadero entusiasmo y una calurosa sonrisa. La extraña chica se acercó a ella con paso enérgico saludando.
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HACIENDA RINALDI
RomanceEliza Rinaldi no puede olvidar su trágico pasado, todo el mundo estuvo en contra de su romance con un chico que parecía un verdadero ángel. Eduardo, administrador, socio y mano derecha de Hermes Rinaldi, hombre frío, cruel y cínico,,Y AMIGO, tendrá...
