Cuando un extraño te salva

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—Despierta, despierta. — Decía una voz, la misma que hace unos minutos me advirtió lo que podría ocurrir si me lanzaba.

—Di... dime que... Dime que no me besaste. — Mi voz se oía desgastada pero no sabía lo que había hecho para lograr que vuelva a respirar.

—En realidad... no lo tomes a mal, solo fue respiración boca a boca.

—Vomitaré en tu cara, apártate de mí.

— ¿Que querías que haga, que te quede mirando sin hacer nada y esperar a que mueras? además, tienes un sabor horrible.

— ¡¿Qué?! Yo no te obligué, me hubieras dejado, así evitarías mi sabor.

En ese momento estaba tan enfadada que podía sentir como mis mejillas ardían. Lo único que quería hacer era bofetearlo.

—Venga, deja de comportarte como una niña, te ayudo a levantar. —Dice mientras me tiende su mano —. No pretendes dejarme con la mano estirada ¿Verdad?

—Déjame, puedo sola.

—Como túú… quieras. —me da la espalda pero sin antes decir—. Arréglatelas sola para subir. — dice, mientras se dirige subiendo  a la carretera, ¿cómo se atreve a decirme eso este… cabrón? Es que ¿Acaso no se da cuenta que si le necesito para salir de este lodo apestoso? Pero obviamente, no me di a notar que necesitaba de su ayuda, ya estaba acostumbrada a salir de embrollos sola.

Ya me las he arreglado para subir, obviamente toda enlodada, la verdad es que en ese instante rechazaría mirarme en un espejo, he de tener el rímel chorreado por toda la cara y eso sin mencionar mi cabello.

 —Deja de mirarme. —Estaba frente a mí, observando como limpiaba el lodo de mis brazos—. ¿Acaso nunca has visto a una chica sucia por culpa de un idiota que no la ayuda a subir un barranco?

—Te he querido ayudar y te has negado ¿Qué se supone que debía hacer?

—Comportarte como un caballero e insistir en querer ayudarme, ‘’genio’’ —digo encaminándome hacia la acera para marcharme.

— ¿Te diriges a casa? ¿En esas condiciones? Eres una de esas chicas pulcras ¿Verdad? Vamos, de esas a las que no les gusta ensuciarse.

—A ver niño listo ¿A dónde se supone que iré a estas horas de la noche? Aún ha de quedar algún autobús, me largo a casa, así que ya te parece obvio a dónde he de ir. Y en lo de pulcra, prefiero no contestar.

Mentía, era obvio que no regresaría a casa después de la enorme bronca que tuve con mi madre, me encaminaría a casa de Rob que probablemente me recibiría sin ningún problema.

—Solo intento ser generoso testaruda, no es común tener a una chica andando sola por ahí a estas hora.

—Deja de reprocharme, estás peor que mi padre, además ya estoy lo suficientemente grandecita como para saber a dónde ir y con quién ir, así que decido irme sola ¿Entiendes lo que digo?  S O L A.

—Señorita, solo le he preguntado si se dirige a su casa, no me he ofrecido a llevarla, así que me tiene sin cuidado con quien se vaya—dice cruzándose de brazos.

—Me aseguro por si te ofreces. —Ni bien lo conozco y ya lo quiero lejos de mí—. Fue un gusto.

—Espero que por lo menos tengas para pagar el bus, hasta pronto —dice el muy pícaro.

Mierda, mierda, mierda, el dinero, ay Dios por favor que aun esté en mi bolsillo. Pero vaya que sí está…  El billete roto en dos. ¡Maldición!

—Por supuesto que tengo el dinero —digo mientras guardo el billete sin que se dé cuenta—. ¿Qué te hace creer que no?

Sin mirarlo, escucho que hecha una carcajada y cuando intento protestar dice:

— ¿Esperas que el dinero este intacto después del chapuzón que te acabas de dar?

— ¡Maldita sea, está bien, no tengo ningún miserable centavo así que si te importa en estos momentos me apetece una bebida! —grito exaltada.

En media hora ya estamos en su coche dirigiéndonos a un bar que esté abierto a esas horas de la noche.

—Y... ¿Cómo te llamas?

—No confío en desconocidos y además, no creo que te interese como me llame—digo mientras observo por el parabrisas.

—Oh no señorita, déjeme decirle que yo tampoco tengo permitido subir a extraños en mi auto.

— ¿Y? Me da igual, ya estoy aquí y si quieres, intenta sacarme.

Ya me estaba colmando la paciencia, es tan sarcástico y odioso y mi carácter está a punto de salir a la luz, he escuchado que para calmarse cuentan una cantidad de números en la mente, así que no me vendría mal en este momento, recuesto mi cabeza en el asiento, cierro los ojos y empiezo, uno, dos, tres, cuatro, cinco… Pero al abrir los ojos ya hemos llegado. Estamos en un bar, por fin, al menos me distraigo un poco y libero mi mente.

Esperaré por tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora