El aire gélido traía consigo un dulce aroma a pino. Me estremecía con cada leve ráfaga de viento aunque, por fortuna, la túnica orni que acababa de comprar hacía más soportable el clima de Hebra y Tabanta. Estaba hecha de plumas y, por alguna razón que yo no alcanzaba a comprender, siempre conservaba el calor.
—¿Dónde está el patriarca de la tribu? —le pregunté a un orni con el que me crucé.
—Casi en la cima del poblado —respondió—. Sube las escaleras y llegarás a su casa.
—Gracias.
El Poblado Orni se había construido alrededor de una enorme y alta roca. Las casas estaban conectadas por tramos de escaleras, y de vez en cuando divisaba amplias plataformas de madera. Supuse que los orni echarían a volar desde ellas.
Tras subir toda la escalinata, llegué a la casa del patriarca. Los hogares de los orni eran extraños. No contaban con una puerta y, en realidad, ni siquiera tenían forma de casa. Eran más parecidas a los nidos en los que habitaban los pájaros que a mi casa en Hatelia o a la casa de Nin, en Kakariko.
No había ningún guardia frente a la entrada por lo que, después de pensarlo durante un rato, llegué a la conclusión de que no pasaría nada si accedía al interior.
El patriarca orni era el ser más grande de su raza que había visto nunca. Sus plumas eran blancas, y sus ojos eran redondos, muy abiertos.
—Bienvenido, joven —dijo después de percatarse de mi presencia—. No seas tímido. Acércate.
Obedecí y me adelanté unos pasos.
—¿Estás de visita en el poblado?
—Algo así —respondí—. En realidad...
—Espera —me interrumpió. Contuve un gruñido al darme cuenta de que el orni se había fijado en la piedra sheikah que colgaba de mi cintura—. Ese artefacto se parece a... ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Piedra sheikah.
Maldita piedra sheikah. Tendría que haberla dejado en un lugar en el que no fuera visible.
—Es... es una... una piedra sheikah —fue lo único que se me ocurrió replicar.
—¿Cómo es posible que... ? —De pronto, el orni pareció sobresaltarse—. Oh, discúlpame. Soy Tyto, patriarca de la tribu orni. ¿Cuál es tu nombre?
—Link.
—Debo decir que te pareces al elegido hyliano de hace cien años, Link. Aunque no creo que seas el mismo, ¿verdad?
—No. No lo soy —murmuré.
—Me lo suponía. El elegido murió el Día del Cataclismo.
—A-así es.
El patriarca frunció el ceño, pensativo.
—¿Cómo puede ser posible que tú estés en posesión de la piedra sheikah? Es un artefacto único en todo Hyrule.
El nerviosismo comenzó a apoderarse de mí. No podía decir la verdad, no tras haberle dicho que yo no era el elegido hyliano. La única opción que me restaba era mentir. Se me daba muy mal y odiaba hacerlo, pero no había otra salida.
—Yo... —empecé—, la encontré en... en... en un campamento de monstruos. Decidí quedármela porque... porque pensé que quizá podrÍa serme útil en alguna ocasión.
Inspiré hondo, rogándoles a las tres Diosas Doradas que Tyto se hubiera creído la mentira que me acababa de inventar. Por suerte, el patriarca no pareció darse cuenta de que todo lo que había soltado hacía unos instantes era falso, y dejó escapar una risotada.
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El Héroe de Hyrule
FanficHace cien años, la princesa decidió sumir al héroe en un letargo para que se recuperase de sus graves heridas. Hace cien años, la princesa decidió sacrificarse por su reino. Ahora, Link despierta en un misterioso santuario, solo y sin recuerdos. Lo...
