—Tienes que acertar cinco blancos en menos de tres minutos —explicó Teba.
Me acerqué al borde de la plataforma para observar mejor el desfiladero. El fondo apenas era visible; era solo un mar de niebla blanquecina. El viento me azotaba las mejillas con violencia.
—¿No te has dado cuenta de que no tengo alas?
El orni se encogió de hombros.
—Las corrientes de aire aquí son muy fuertes. Podrías planear incluso usando un pedazo de tela.
"La paravela", comprendí al instante. ¿Cómo no había pensado en la maldita paravela?
—Ahora vuelvo —dije. Teba me lanzó una mirada de desconcierto, pero no le hice caso. Bajé la escalera vertical de la cabaña y fui hacia mi caballo. Saqué de las alforjas la paravela que me había dado el viejo hacía ya una eternidad. Aunque, en realidad, solo habían pasado unos pocos meses. Había estado contando los cambios de la luna.
Eché la vista atrás hasta aquellos lejanos días en la aislada Meseta de los Albores. Mi corazón se encogió al recordar aquel corto periodo de tiempo en el que no sabía quién había sido en el pasado, ni tampoco quién era en el presente.
"Sigo sin saberlo."
Al menos algo no había cambiado.
Suspiré, obligándome a centrarme en lo importante.
Subí la escalera y regresé junto a Teba.
—¿Qué es eso? —me preguntó, señalando la paravela.
—Se llama paravela —respondí.
Él asintió y, tras examinar el artefacto que se encontraba entre mis manos durante un instante más, añadió:
—¿Estás listo?
—Sí.
—Bien. Puedes empezar ya.
No perdí el tiempo y me lancé al vacío sin pensármelo dos veces. Gracias a la paravela, podía dejarme llevar por las corrientes de aire, haciéndolo todo mucho más fácil.
Inspiré hondo, y el aire gélido se adentró en mis pulmones. Clavé la mirada en la primera diana. Conté hasta tres y reemplacé la paravela por el arco.
Contuve el aliento.
Y, mientras apuntaba, el tiempo pareció ralentizarse. El mundo entero se detuvo.
Disparé, y la flecha dio en el blanco. Repetí el proceso cuatro veces más.
Al acabar, planeé de vuelta en dirección a la cabaña, donde Teba me esperaba.
—¿C-cómo... ? —balbuceó, con los ojos muy abiertos—. ¿Cómo lo has hecho?
—¿Hacer el qué? —Doblé la paravela con cuidado.
—Eso.
Le observé con el ceño fruncido, sin comprender. Pero no tardé en entender a lo que se refería.
—Me sale solo —respondí, encogiéndome de hombros—. No es algo que yo elija hacer. O tal vez sí, no lo sé. ¿Cuánto tiempo he tardado?
—Apenas un minuto —replicó Teba—. Perdóname, Link. Te he subestimado.
—Disculpas aceptadas. ¿Me dejarás ayudarte a detener a Vah Medoh?
—Si es lo que deseas, yo no soy nadie para negártelo. —Sonrió—. Además, debo admitir que me serás bastante útil.
***
Cuando llegó el momento oportuno, salté de la espalda de Teba y saqué el arco. Allí arriba hacía frío, mucho frío, más que en cualquier otra parte de Hebra. Las corrientes de aire gélido me azotaban el rostro con violencia, como miles de puñales afilados.
Contuve el aliento mientras tensaba la cuerda y apuntaba. La flecha pasó silbando entre las ráfagas de viento helado hasta dar en el último cañón que defendía a ña Bestia Divina de la intrusión de extraños a su interior.
—¡Link! —escuché a Teba gritar a mi espalda. Miré hacia atrás y fruncí el ceño al advertir una fea marca rojiza en una de sus patas—. Lo siento. No sabes cuánto me gustaría acompañarte, pero... —Se le escapó un gruñido—. Lo mejor será que vuelva al poblado. Lo siento —repitió.
Yo asentí, mostrándome de acuerdo. Quise restarle importancia con un gesto, pero mis manos se aferraban a la paravela.
—¡Buena suerte! —exclamó antes de perderse en el cielo.
Recé una plegaria silenciosa a las Diosas, rogándoles que su herida no fuera demasiado grave.
Al cabo de un rato, mis pies aterrizaron sobre el suelo firme de la Bestia Divina. Vah Medoh no era muy diferente a Vah Ruta y Vah Rudania; las tres tenían sus raíces en la misma tecnología y, por tanto, compartían un gran número de características.
Mientras recorría los estrechos corredores, deseé que Zelda estuviera a mi lado para guiarme. Estaba seguro de que ella habría sabido dónde se encontraba cada sala, cada pasillo, cada entrada a una nueva estancia.
Quizá estuve andando durante una hora, o tal vez dos. No me detuve hasta llegar a la habitación en la que estaba la Unidad Central de Control. Se trataba de un espacio abierto, construido sobre las alas de Vah Medoh. Varios pilares de piedra se alzaban a mi alrededor, algunos en mejor estado que otros.
Coloqué la piedra sheikah en el pedestal, temiéndome lo que ocurriría después. Y, solo un instante más tarde, desenvainé la espada.
La criatura estaba hecha de residuos de malead de Ganon y restos de tecnología ancestral. Dejó escapar un chillido ensordecedor.
—Se llama Ira del Viento —dijo de pronto una voz. Sonaba lejanía, aunque no me costó reconocerla—. Está bastante claro que tus posibilidades de salir victorioso con muy limitadas. Aun así, te deseo suerte. La necesitarás.
Diosas, incluso muerto era un idiota.
A pesar de las palabras de Revali, derrotar a la Ira del Viento fue sorprendentemente fácil. Ya casi me conocía de memoria el patrón de los ataques de aquellas criaturas.
Con un último chillido, el monstruo desapareció en el aire, sin dejar ningún rastro tras de sí. Envainé la espada y, cuando me giré, el poseedor del mayor ego de todo Hyrule me devolvió la mirada.
—Me sorprende que hayas conseguido acabar con esa bestia —dijo, volviéndose para darme la espalda—. Es extraño que alguien como tú haya tenido éxito donde yo... donde yo fracasé.
Contuve una mueca de sorpresa. Por Hylia, ¿acababa de admitir uno de sus errores?
—Medoh y yo te apoyaremos cuando vayas a enfrentarte al Cataclismo —prosiguió—. Pero que conste que no lo hago por ti. Solo lo hago por Hyrule. —Guardó silencio, quizá esperando una respuesta. Al comprender que yo no iba a decir nada, se giró para observarme—. ¿No tienes cosas que hacer, Héroe de Hyrule?
Abrí la boca para decirle que... que se equivocaba. "¿En qué?", me dije. "¿En qué se equivoca?"
Me di cuenta entonces de que la luz dorada había empezado a rodearme, alejándome poco a poco de la Bestia Divina.
—La princesa lleva una eternidad esperando... —escuché murmurar a Revali antes de que el brillo me cegara por completo.
Y, de pronto, estaba de vuelta en el Poblado Orni. Me puse en marcha de inmediato y subí varios tramos de escalera.
Vah Medoh se había detenido. Se encontraba sobre el poblado, silenciosa e inmóvil. Lo mismo había ocurrido con Vah Ruta y Vah Rudania; ambas se habían quedado en lugares de gran altura, mirando en dirección al castillo. Era como si estuvieran a la espera de... de algo. De qué exactamente, no lo sabía.
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El Héroe de Hyrule
FanfictionHace cien años, la princesa decidió sumir al héroe en un letargo para que se recuperase de sus graves heridas. Hace cien años, la princesa decidió sacrificarse por su reino. Ahora, Link despierta en un misterioso santuario, solo y sin recuerdos. Lo...
