Capítulo 31

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Partí de Kakariko al amanecer del día siguiente. Solo me demoré para decirle adiós a Impa. Porque no podía perder más tiempo. No cuando estaba tan cerca de devolverle a Hyrule la paz que necesitaba.

Así que ensillé a Viento y nos pusimos en marcha. A mediodía, ya habíamos cruzado los límites de la aldea, y la posta era visible en la lejanía. Me detuve allí solo un rato para que Viento pudiera comer y beber. No quería que se enfadase de nuevo conmigo.

—¿Lo ves? —le dije en voz baja—. Me preocupo por ti. No soy tan cruel.

El animal me ignoró y continuó comiéndose sus manzanas. Me había asegurado de que fueran las más grandes, rojas y brillantes de todo Hyrule.

Esperé por Viento, aunque la impaciencia se agitaba en mi interior como un fuego recién encendido. Diosas, estaba ya tan, tan cerca... Y, no obstante, tendría que darle la espalda al castillo, al Cataclismo, por al menos dos días. Pero así lo había querido Zelda.

"Cabezota", pensé, deseando que ella pudiera oírme. "Cabezota, inteligente y maravillosa."

Estaba dispuesta a luchar un poco más solo por mis recuerdos. Nunca lograría recompensarle todo lo que había hecho por Hyrule. Y por mí.

Viento me dio unos golpecitos en el hombro con su hocico. Me di la vuelta y vi que ya había terminado.

—Vamos a casa —le susurré antes de montar.

En el camino hacia Hatelia vi muchos más viajeros que de costumbre. Y lo mejor era que parecían venir de todos los rincones de Hyrule; había zora y goron, e incluso unos pocos orni y un grupo todavía más pequeño de mujeres gerudo.

Pero el hecho de que los caminos estuvieran tan frecuentados era un arma de doble filo. Porque también había más monstruos. Se agazapaban entre la hierba y esperaban al momento adecuado para asaltar a los viajeros, o aguardaban detrás de las rocas y sobre las colinas, cobijados por las sombras, para tender trampas que podrían ser mortales. Sabía que la mayoría de aquellos viajeros portaba armas y se preparaba bien para periplos de esa clase. Sin embargo, eso no hacía que fuese menos peligroso.

Si había más monstruos era porque la influencia de Ganon estaba cobrando fuerza. Y eso significaba que el poder de Zelda flaqueaba. No podía ni imaginar lo que ocurriría si su resistencia se agotara y el Cataclismo quedase libre. Y, por ello, tenía que darme prisa.

Cabalgué durante el día entero hasta Hatelia. Mientras ascendía por la colina que separaba al bosque de la aldea, distinguí a dos hombres junto al arco de entrada. Al acercarme más, vi que no eran dos, sino cuatro, y ya no había ningún arco que señalizara la entrada. Ahora habían levantado un enorme portón de madera oscura.

—¡Alto! —me gritó un guardia. Tiré de las riendas de Viento para que se detuviera. La sombra del portón nos cubría como un manto negro—. ¿Eres hyliano?

—Sí.

—¿Para qué quieres entrar en la aldea?

—Vivo aquí —fue mi simple respuesta. No era del todo cierto, pero serviría—. Mi casa está dentro.

—Tu casa, ¿eh? —gruñó él. Dio un paso más en mi dirección, y distinguí una espada colgada de su cintura. Miré a los otros tres guardias de reojo, y comprobé que todos portaban espadas largas.

—¿Por qué tienes tantas armas, chico?

—Porque... porque viajo.

—¿Viajas?

—Sí.

—Esas ropas que llevas —murmuró, señalando mi túnica— son muy raras. Ese color no se usa ya.

El Héroe de HyruleHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora