Parte 40

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Habían estado tan cómodos sus brazos que ella perdió consciencia entre ellos, y al parecer, él también estaba disfrutando el tenerla tan cerca y sentir su calor, que los dos se habían quedado dormidos y abrieron los ojos, cuando Peter, saltando a tierra indicaba:

— Hemos llegado a casa.

Terruce lo primero que hizo fue recorrer el lugar y distinguir, desde donde estaba parado, hasta lo que su vista alcanzaba a ver al fondo: una extensa hilera de casas; luego, carruajes transitando sobre la avenida, caballos amarrados afuera de un par de cantinas, chiquillos todavía jugando en la calle y demás transeúntes.

Enseguida, él se puso de pie, tomó sus pertenencias y también brincó abajo; al estar en lo firme, aguardó por su chica; y cuando la vio lista para descender, con mucha confianza, la tomó de la cintura, y con hábil movimiento, la bajó; pero antes de soltarla, los dos aprovecharon que ya era de noche y se dieron un rápido beso en los labios.

Tomados de la mano, agradecieron al carretero por su amabilidad de haber ido a esperarlos y traerlos hasta casa; posteriormente, y conforme lo miraban partir, Coral hacía a Terruce de conocimiento:

— Caminaremos un poco para llegar a casa.

— Está bien. Así desencuerdo las piernas, aunque, ¿está muy lejos?

— Bueno —, Coral debía ser sincera: — la casa está en las afueras del pueblo, así que, como otra hora.

Él, doliéndole todo el cuerpo debido a lo pesado del viaje, alentaría:

— ¿Y no habrá algún servicio que nos lleve para no caminar tanto?

Ella, habiéndose olvidado de la cuna aristocrática de la que descendía el castaño, con pena, negó con la cabeza y diría:

— Nadie se arriesga a ir hasta allá.

— Bueno —, el joven se resignó; — si no hay de otra —, y tomó su maleta y le ayudó a ella con la suya.

La rubia para pagar su amable gesto, en lo que empezaban a caminar en dirección al Este comentaba:

— En cuanto estemos en casa, sobre la estufa pondré mucha agua a calentar para que te tomes una ducha.

Terruce sonrió de la franqueza de la chica, la tomó de la mano y se la besó para agradecerle su hospitalidad.

Y entre pláticas, saludos de vecinos con los que se llegaban a cruzar, caminaron por la acera apenas dos cuadras, porque a su encuentro salió un coatí que brincó de inmediato a los brazos de Coral y ésta lo llamaría:

— ¡Clin!

Pero al parecer el animalito le reclamaba seriamente algo.

De pronto, dos chiquillas como de 10 años de edad aparecieron al doblar la esquina y también fueron a su encuentro.

— ¡Coral!

La rubia como pudo, las abrazó a las dos; y cuando divisaron al fuereño quisieron saber:

— ¿Tú eres Terruce? —, lo apuntó una; y él diría:

— A sus pies, mi lady —, y Terry tomó la manita de la chiquilla; y como todo un caballero se la besó, logrando con eso que la niña se ruborizara por completo.

La otra que se reía tímidamente, informaba:

— En cuanto vimos a Peter entrar por la puerta salimos a encontrarte.

— ¿Mamá y papá ya están en casa? — preguntó la rubia con interés.

— Sí, y llegaron justo para cenar — dijo la primera pequeña presentada y quitó una maleta de la mano del castaño mientras que la otra chiquilla reclamaba:

UNA CHICA QUE VALE OROHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora