El impacto de aquel resplandor blanquecino lo cubrió todo, cegándolo de golpe y desorientándolo por completo, incapaz de ver qué hacía o hacia dónde iba. De sus oídos nació un zumbido intenso, insoportable, parecido al de una radio mal sintonizada. La cabeza le dio vueltas y sintió que estaba perdiendo el control de sus movimientos. Era una sensación extraña. Como si la mente se desprendiera del cuerpo por unos instantes. Se le revolvió el estómago y creyó que estaba a punto de vomitar. Desconcertado, avanzó unos metros con paso tambaleante mientras se tapaba los ojos con una mano y tanteaba el aire con la otra. El mareo se intensificó y comenzaron a sudarle las manos y la frente. Marco tuvo la certeza de que le bajaba la presión: una sensación parecida a la que tendría un muñeco de trapo si intentaran ponerlo de pie. Dio unos pasos más y cayó al suelo de bruces mientras las última fuerzas terminaban de abandonarlo. Antes de rendirse, logró hilvanar un último razonamiento.
«Hace calor y estoy desnudo —pensó, con la cara pegada al pasto—. No es posible».
Perdió el conocimiento.
Horas más tarde, Marco comenzó a volver en sí. Seguía tendido en el suelo y en el mismo lugar en donde había caído. Gracias a los rayos del sol que calentaban su cuerpo y a la suave brisa que lo ayudaba a despabilarse, entendió que se encontraba a la intemperie. Giró su cuerpo para quedar de cara al cielo y un fuerte olor a anís invadió sus fosas nasales. El resto de sus sentidos aún luchaban dentro suyo por ver cuál de ellos era el primero que lograba entender lo que pasaba.
De repente, su mente fue invadida por un extraño y alarmante pensamiento: «No debería tener calor, estamos en invierno. Debería estar temblando de frío». Y sin embargo, no lo estaba.
Los ojos le seguían doliendo, pero de todas forma intentó abrirlos. Despacio y con calma. Una calma que no estaba seguro de poseer. Logró distinguir el disco dorado del sol justo encima de su cabeza y en medio de un cielo azul privado de nubes. Levantó un poco la cabeza y se miró. No iba desnudo, como había creído, sino que aún llevaba puestos los pantalones y las zapatillas. Volvió a cerrar los ojos emitiendo un quejido y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Me... —Al hablar, la voz le salió ronca y le raspó la garganta—. Me han asaltado —conjeturó.
Sin analizar demasiado la situación, le pareció evidente que, al faltarle la campera, el buzo, y la remera, además de los guantes, la bufanda, y el gorro de lana gris que le había tejido su abuela, había sido víctima de un robo. O, al menos, resultaba la explicación más coherente. Movió la mandíbula en círculos y la lengua dentro de su boca, tocando con ella cada uno de sus dientes. Al parecer, estaban todos. Su boca, seca y pastosa, le recordaba a una de esas mañanas en las que despertaba con resaca luego de una noche de juerga donde no había dejado botella sin chapita, y cayó en la cuenta de que estaba muerto de sed.
La propia sed lo llevó a retomar el razonamiento del clima: aquella temperatura que percibía su cuerpo en esa época del año resultaba algo insólito. Y pudo percibir algo más: el aire. Había algo raro en el aire. Era más... limpio.
La luz impregnada en sus ojos como resabio de aquel resplandor se fue disipando poco a poco y volvió a levantar la cabeza para ver a su alrededor.
—No... —se lamentó. Y su voz volvió a sonar ronca, como si tuviera anginas. Hizo un gesto de dolor mirando hacia un costado y volvió a hablar—. Me cago... me cago en la puta madre. ¿Qué coño hago en el campo?
Marco giró de nuevo su cuerpo para quedar boca abajo y se levantó lentamente. Por si acaso. Pese a ello, apenas incorporado, un fuerte mareo volvió a invadirlo y por poco cae de nuevo al suelo de trompa. Gimoteó como un niño de tres años que se hubiera perdido en el zoológico al separarse de sus padres y estiró los brazos hacia los costados para mantener el equilibrio. Luego se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se la pasó por los labios: fue en ese momento cuando se dio cuenta de que había vomitado estando inconsciente. «Bilis», pensó. Era un líquido amarillento. Se limpió lo mejor que pudo y volvió a mirar alrededor. Pensó en su casa y en su familia: sobre todo en su madre. A esta alturas, y luego de haber descubierto que su hijo menor no había llegado a la casa, debería de estar poniéndole los pelos de punta a la mitad del cuerpo policial de Sevilla.
ESTÁS LEYENDO
Sevillano
Historical FictionMarco, un joven sevillano apasionado por la historia y a punto de recibirse de profesor en la materia, despierta en la Roma de Publio Cornelio Escipión: uno de los personajes históricos que más admira y de los que más conoce. Situación que lo maravi...
