Capítulo 9: Entre papiros

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Roma

Varias horas antes


Un mensajero. Un mensajero personal del hijo del cónsul del mismo nombre, Publio Cornelio Escipión, y que aguardaba impaciente junto a la puerta de entrada. Pedía ver a Marco. Adriano por poco y se meaba encima de la emoción y de los nervios. Impartió órdenes aquí y allá y se acercó personalmente para ofrecerle al hombre de Publio su mejor vino y sus frutas más frescas. 

     Cada uno de sus ofrecimientos fue rechazado con suma cortesía.

     Adriano exageró una risita y negó con la mano.

     —Por favor, no es ninguna molesta. En mi posada siempre recibimos así a las visitas distinguidas —mintió: nunca recibían visitas distinguidas. Luego miró hacia el piso de arriba y a la escalera que conectaba la planta baja con la alta. Marco seguía brillando por su ausencia. Volvió a mirar al enviado de Publio—. Si quieres puedo ir hasta arriba y entregarle yo mismo ese mensaje, así no tendrás que esperar.

     —Debo entregarle el mensaje a Marco Fabiano en persona —cortó, sin dejar de mirar hacia el piso de arriba.

     —Claro, claro... —Dejó al mensajero en paz y se dio la vuelta acercándose a Flavia—. ¿Dónde está ese muchacho? —masculló entre dientes.

     —Dijo que enseguida baja —respondió ella como si nada—. ¿Por qué no te relajas un poco? El estrés provoca vejez.

     —¿Eh?

     —No sé, algo que dice Marco... Tú cálmate.

     —¿Calmarme? —Se rio girando su cabeza hacia el mensajero y volvió a mirar a Flavia—. Si Marco no baja enseguida, este hombre podría irse ofendido, informarle a Publio de tal ofensa, y...

     —¿Padre o hijo?

     —¡Da igual!

     El crujir de las maderas de las escaleras relajó a Adriano y tensionó a Flavia. Marco bajó tranquilo, como si saliera a la puerta de su casa a recibir el correo. Flavia llevó su mirada de Marco hacia el mensajero, y de nuevo a Marco. Tenía un mal presentimiento. Tarquinius se marcharía de Roma al día siguiente: hacia la guerra. Ella era consciente de que no volver a verlo nunca más era una posibilidad muy real. Casi tangible. Sin embargo, allí estaba Marco. Él... la miraba diferente. Diferente a Tarquinius y a cualquier otro hombre que hubiera conocido antes en sus veintitrés años de vida. Marco la miraba diferente porque él mismo era diferente. Había algo en él, algo distinto. Sin darse cuenta, aquellas sensaciones negativas fueron aflojando y sonrió a medida que se sumergía en esos pensamientos.

     —Yo soy Marco Fabiano —saludó estirando la mano.

     El mensajero dio un paso al frente, reemplazó la mano con la que se suponía que debía saludar a Marco con el papiro y retrocedió el paso dado.

     —Es un mensaje de Publio Cornelio Escipión hijo —se limitó a decir.

     Marco extendió el rollo delante de sus narices y lo leyó en silencio:

Estimado Marco Fabiano:

Me tomo la libertad de disponer de tu tiempo para pedirte que vengas esta misma tarde a mi casa. Me gustaría charlar contigo. Este buen hombre que ves delante tuyo, tendrá la voluntad de acompañarte.

Publio Cornelio Escipión hijo.


     —¿Qué? ¿Qué dice? —preguntó un impaciente Adriano.

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