Capítulo 3: Ab Urbe Condita

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Su corazón latía con fuerza y volvía a tener la boca seca. Ni siquiera se atrevía a emitir palabra intimidado ante sus captores, que lo miraban con recelo y seguían hablando entre ellos en latín. Un latín que, ahora que lo pensaba, hablaban con la misma fluidez con la que él hablaba el castellano.

     No pudo menos que reconocer que su dominio del idioma le resultaba admirable. En otro contexto, encontrarse con aquello lo hubiera maravillado. Incluso se hubiera desecho en elogios. Pero en este: un contexto donde nada cuadraba y su vida corría peligro, de tan solo escucharlos se le llenaba el estómago de gases.

     Marco se encontraba tirado boca arriba en un camastro mugriento y atado de pies y manos como si fuera un cordero. Ya se hacía una idea de lo que ocurriría a continuación. Si las novelas de suspenso que tanto le gustaba leer le habían enseñado algo, era que de un momento a otro lo llevarían arrastrando de los pies hasta el sótano de la casa y que allí descubriría con estupor que no era el único cautivo. Se imaginaba encontrándose con otras personas que ya habían pasado por lo mismo que él; con grilletes en los tobillos y con una cadena alrededor del cuello. Una cadena pesada con su otro extremo amurado a la pared. Vestidos con harapos y muertos de hambre. 

     Quiso llorar.

     Marco trató de encontrar una explicación racional dentro de su mente y su sentido de la lógica aventuró una simple conclusión: estaba soñando. Todo esto era un mal sueño. Una pesadilla. Comenzó a cerrar y a abrir los ojos con fuerza al ritmo del segundero de un reloj imaginario. Repitió este gesto extraño una y otra vez, involucrando a cada uno de los músculos de su rostro y contrayendo los abdominales.

     —¿Y ahora qué hace? —preguntó el niño poniendo mala cara. Lo señaló—. ¡Mira, Cneo! ¿Qué hace?

     Cneo negó con la cabeza y se encogió de hombros.

     —No lo sé... —dijo mirando a Marco. Luego se dirigió a Lucio—. Tal vez no esté bien de la cabeza.

     —No lo está, te lo aseguro.

     —Lucio, si lo que crees es cierto, deberíamos dejarlo ir cuanto antes. Nos queda claro que no es ningún bárbaro, todo lo contrario. Y además, es posible que lo estén buscando.

     —Dudo mucho que alguien lo esté buscando. —Lucio puso cara de "¿quién sabe?"—. Habla raro, actúa raro y se viste raro.

     Marco entendió parte de lo que decían y dejó de intentar aquella estupidez de despertarse.

     —¿Me dejarán ir? —preguntó en español. Pero al ver que ninguno le respondía, preguntó lo mismo en el mejor latín que pudo recordar—. ¿Me... ir? Yo. ¿Puedo ir?

     Aunque tenía las manos atadas por las muñecas, imitó el gesto de una persona caminando con los dedos de una de ellas, mientras señalaba la puerta con el índice de la otra.

     Cneo y Lucio se miraron.

     —Mi hermano, Lucio, cree que vienes de una familia poderosa. ¿Eso es cierto? —preguntó Cneo.

     «Hermano, vienes, familia... ¿cierto?». Marco individualizó esas palabras, tratando de armar la oración en su cabeza.

     —Vengo de... una familia, sí —confirmó—. Me llamo Marco, soy sevillano.

     —Sevillano... —repitió Lucio en voz baja. Y se dirigió a su hermano—. No es un hombre muy común, Cneo, seguro que viene de una familia patricia. Les encanta poner esos nombres raros.

     Por alguna razón, Marco sintió la necesidad imperiosa de aclarar lo evidente.

     —De España.

SevillanoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora