Capítulo 26: Enemigos de Roma

34 11 0
                                        


Campamento Cartaginés

Tarquinius sentía latirle la cabeza, como el corazón de un caballo desbocado en desenfrenada carrera. Casi sin fuerzas, apoyó una rodilla en el suelo y fijó la vista en él dejando caer de su boca un escupitajo cargado de sangre. Al verlo, se llevó la mano a la boca y se tocó los dientes con el dedo índice. Le faltaba uno de los dientes de adelante. Sin fuerzas para hablar, intentó hacerse una broma mental y se dijo a sí mismo que ahora sí volvería a ser, una vez más, el más feo del grupo.

     Por alguna extraña razón, ninguno de los miles de cartagineses a su alrededor emitían mayor sonido. Ninguna palabra, insulto, festejo, o cualquier tipo de otra exclamación profería de sus bocas.

     —Tarq... —lo llamo Pilos, que llegó a su lado arrastrando los pies—. Levántante, amigo... levántante.

     Tarquinius lo observó y dudó de cuál de los dos estaría peor. Pilos parecía un espectro andante y lucía casi tan mal como Quintus momentos antes de morir en los Alpes. El gigantesco hombretón estiró su mano y Pilos lo tomó por la muñeca, hizo un ínfimo esfuerzo para levantarlo y cayó al piso junto a él, espalda al suelo, contemplando el azul del cielo.


Aníbal estuvo a punto de aplaudir, lo que tal vez hubiera desatado una reacción en cadena con el resto de sus hombres, pero se detuvo. Si no lo seguían, dejaría a la vista de todos el cuestionamiento de su ejército frente a una actitud positiva de su parte para con el enemigo.

     —Impresionante... —le comentó a Maharbal. Su veterano general le respondió con un gruñido afirmativo—. No tengo el recuerdo de haber visto algo así en toda mi vida.

     —Una buena pelea, sin dudas, pero una buena pelea contra una parva de despojos humanos...

     Aníbal puso su cabeza de costado y asintió. Si bien era cierto, ninguno de aquellos dos hombres había encarado aquella pelea en las mejores condiciones. Y eso sin mencionar la inferioridad numérica.

     —Me dará cierta pena ejecutarlos... —admitió Aníbal—, pero ya no sirven de nada. Están más muertos que vivos.

     Maharbal sonrió satisfecho. Aunque la satisfacción le duró muy poco.

     —Esos hombres deben vivir, mi general. La muerte es esquiva a ellos.

     Maharbal revoleó los ojos. Aníbal miró a Dagón con interés.

     —Explícate.

     Dagón se acomodó la túnica y procedió a explicarse.

     —Es evidente —comenzó—. Los dioses favorecen a esos hombres ante cualquier tipo de adversidad. Por algún motivo que desconocemos, los quieren vivos. Matarlos sería como escupirles en la cara a los todo poderosos.

     —¡Sus dioses nos valen mierda! —lo atajó Maharbal, irritado.

     —Tal vez para seres poco iluminados y de escasa clarividencia es posible, muy remotamente, que los designios tan claros de los dioses valgan mierda. Sin embargo, para los que entendemos la voluntad de estos y sabemos interpretarla, valen, más bien, todo lo contrario.

     Aníbal intentó no sonreír ante el insulto semi encubierto de Dagón mientras Maharbal se quedaba reflexionando unos momentos sobre aquellas palabras, no muy seguro de si lo habían ofendido directamente o no.

     Aníbal tomó la palabra ante sde que su general y mano derecha sacara conclusiones.

     —Estoy de acuerdo contigo en que estos hombres han sobrevivido innumerables veces a diferentes situaciones que solo podían ofrecerles una muerte segura, no lo discuto. Pero dime, Dagón, ¿para qué querría yo a dos moribundos entre mis filas? Darles de comer y ocuparse de ellos ya no tiene sentido. La tarea de vigilarlos sería un insulto hasta para el soldado de más bajo rango de mi ejército.

SevillanoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora