Margen derecha del río Ródano. La Galia.
Agosto de 531 a.G.M.
Aníbal estaba sentado en una rudimentaria silla de madera en su tienda de campaña. Su mano hacía girar el vino dentro de la copa a medio llenar mientras esperaba ansioso la llega del viejo sacerdote. Maharbal lo miró de reojo. Como su segundo al mando y luego de tantos años a sus órdenes, podía darse cuenta de que el gran general estaba intranquilo; no le faltaban motivos. Aníbal mantenía la mirada fija en un punto cualquiera sin siquiera parpadear, ensimismado en sus propios pensamientos, analizando con precisión y exactitud los pasos que había dado hasta ese entonces y calculando los siguientes con igual determinación. El general cartaginés sabía que estaba rodeado de buenos comandantes, leales, capaces de clavarse una espada en el estómago si él se los pidiera. Por Cartago, por él, por ambos. Cartago era Aníbal y Aníbal era Cartago.
Pero debía de ser cauto. Roma era un enemigo poderoso, inagotable, casi invencible. No podía apresurarse, no podía permitirse adelantarse ni cometer el más mínimo error. Solo él conocía sus planes en profundidad, solo él los entendía. El senado de Cartago lo apoyaba, sí, pero también lo envidiaba. Disfrutaban en igual medida de sus éxitos como disfrutarían de sus fracasos. Aníbal lo sabía; siempre lo había sabido. Pero no le importaba. Su visión iba mucho más allá de los vejestorios del Senado o de su profundo odio hacia Roma; más allá de un campo de batalla. Pondría a Roma de rodillas y los borraría del mapa para siempre, sin dudas. No obstante, aquel sería, según le habían asegurado, solo el comienzo.
Aníbal y Maharbal escucharon voces fuera de la tienda. Sus guardias cruzaron unas palabras con alguien y ese alguien protestó, insultó y les pegó un bastonazo a cada uno en el brazo.
Aníbal sonrió. Maharbal no.
El viejo sacerdote ingresó a la tienda del general seguido de cerca por uno de los guardias. La inseguridad de su espíritu se evidenciaba en su gesto contrariado:
—Disculpe, mi general. Este hombre ha insistido en que no necesita ser anunciado —se excusó.
Aníbal le hizo un gesto con la mano como toda respuesta y el guardia regresó a su puesto sin despegar la mirada del suelo.
—Irrespetuoso... —deslizó el sacerdote que, naturalmente, sabía de lo supersticiosos que eran los hombres y daba por descontado que nadie se atrevería a enemistarse con un hombre como él.
O casi nadie. Ignorando a la única persona de todo el ejército que siempre lo había despreciado, saludó a Aníbal inclinando su cabeza y espalda lo mejor que le permitieron hacerlo sus cansados huesos. Su pelo largo y canoso, que todavía poblaba su testa en abundancia, cayó hacia adelante cubriendo su frente plagada de surcos. Maharbal apretó los labios: los movimientos exageradamente lentos del viejo lo sacaban de quicio.
—Aníbal... —dijo—. Me has enviado a llamar y aquí me tienes.
Aníbal detuvo la vista en el pomo de madera pulido del bastón que aferraba la mano huesuda del viejo y lo invitó a sentarse en el diván reservado para él.
—Ayúdalo, Maharbal.
—No es tan viejo... —respondió este.
Aníbal clavó los ojos en Maharbal. El desprecio de su comandante hacia Dagón lo llevaba a cometer imprudencias como aquella.
—Puedo solo —dijo el viejo, rechazando con la mano a Maharbal.
Maharbal gruñó mirando al viejo de soslayo y volvió a mirar a su general. Lo que vio en sus ojos no le gustó. Se puso firme y cruzó las manos detrás de espalda mirando al frente.
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Sevillano
Fiksi SejarahMarco, un joven sevillano apasionado por la historia y a punto de recibirse de profesor en la materia, despierta en la Roma de Publio Cornelio Escipión: uno de los personajes históricos que más admira y de los que más conoce. Situación que lo maravi...
