El valle del río Ródano
Septiembre de 531 a.G.M.
Lo primero que distinguieron fueron las aves carroñeras: buitres, decenas de ellos revoloteando cerca de su posición. Lo segundo, ni bien se acercaron un poco más, fue el hedor a carne muerta en plena descomposición. Tarquinius se tapó la nariz con el pliegue del codo y miró a Bruto; este arrugaba la nariz y no dejaba de escupir a los lados. Su actual compañero de exploración no lo miró. Por más que lo habían intentado varias veces, ni Pilos ni él habían logrado que Bruto y sus dos camaradas de contubernium cedieran un poco en su postura hostil por el altercado de la otra noche. Ninguno de ellos les dirigía la palabra. Ni siquiera en una situación como esa.
—Síganme —les dijo el jefe de los exploradores, un veterano de gesto adusto y cejas pobladas llamado Flaminio—. Nadie se separa de mí a menos que yo lo ordene. —Y se detuvo en Pilos—: Ni nadie habla.
Los otros cuatro exploradores, Pilos, Tarquinius, Bruto y sus otros dos compañeros: Quintus y Minucio, asintieron en silencio y lo siguieron sin largar palabra. Los caballos piafaban intranquilos y soltaban ocasionales patadas al que se pusiera muy cerca ellos desde su retaguardia. El olor a muerte no les gustaba. Y a sus jinetes tampoco. Tarquinius pensó que habían subestimado los riesgos que conllevaban los trabajos de exploración, pero cuando su centurión les cambió la limpieza de las letrinas del campamento por, lo que todos creyeron en ese momento, lo que sería salir a dar una vuelta a caballo, los cinco sonrieron. Ahora entendía porqué también reía su centurión.
—Allí —indicó poco después Flaminio señalando hacia el frente—. Vamos.
Espolearon sus monturas y lo siguieron al galope unos pocos minutos hasta llegar al valle del río. Ninguno de ellos emitió sonido.
Lo tercero que distinguieron de forma clara, pese a que el sol se ocultaba poco a poco en el horizonte y reducía la visión, fueron los cuerpos. El valle ofrecía evidencia de una terrible batalla. Decenas, cientos de cadáveres yacían regados por el suelo. Restos de armas partidas, cascos, manchas de sangre por doquier y al menos una veintena de caballos caídos de costado terminaban de enmarcar un cuadro para el horror. Tarquinius miró cerca suyo y se detuvo en la cabeza decapitada de un hombre. Mantenía la boca abierta en un rictus de dolor, le faltaban los ojos y gran parte de la mejilla izquierda. Aquella cabeza parecía estar mirándolo a él desde sus cuencas vacías, o al menos eso creyó Tarquinius. El grandulón se obligó a apartar la vista hacia el otro lado luego de que un escalofrío le recorriera la espina. Los buitres eran tantos que parecían el tercer ejército en discordia. Nunca habían visto tantos. Estos, al verlos acercarse, ni se inmutaron; siguieron hinchando sus panzas con un auténtico e inagotable festín.
—Si no fueran tantos los ahuyentaría a palazos —comentó uno de los exploradores rompiendo el silencio.
—Estoy seguro que muchos de ellos ni siquiera pueden volar... mira sus panzas —señaló Quintus.
—Menuda batalla que ha librado Aníbal contra los bárbaros de la zona —agregó otro explorador.
—Los volcos —confirmó un tercero.
—¿Esto es malo? —preguntó Minucio.
El jefe de exploradores no respondió de inmediato; seguía oteando el horizonte sumido en sus propios pensamientos.
—Depende... —contestó por fin.
—¿De qué? —preguntó Pilos, tapándose la nariz con el antebrazo.
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Sevillano
Fiksi SejarahMarco, un joven sevillano apasionado por la historia y a punto de recibirse de profesor en la materia, despierta en la Roma de Publio Cornelio Escipión: uno de los personajes históricos que más admira y de los que más conoce. Situación que lo maravi...
