Capítulo 24: Los juegos de Aníbal

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Campamento Cartaginés

Luego de la batalla junto al río Tesino


Pilos notó la manera en que se acercaban sus custodios y supo habría problemas con solo verles las caras. Preocupado, miró a Tarquinius de reojo y lo vio cerrando los puños y apretando los labios en un claro gesto de impotencia contenida.

     —Sería muy fácil partirles la cabeza contra el suelo... —soltó Tarquinius, como una expresión de deseo de algo que sabía que no ocurriría.

     De todas maneras, tampoco es que estuvieran en condición de hacerle frente a nadie; ambos habían perdido varios kilos de peso y apenas si se consideraban con energías para cumplir con las marchas forzadas del ejército cartaginés.

     —Tranquilo, Tarq... —intentó calmarlo Pilos—. Déjalos que celebren su triunfo. Ya les daremos de comer de su propia mierda cuando llegue el momento.

     Pero los dos sabían que ese momento bien podía no llegar nunca. Luego de la batalla contra el ejército consular romano, Aníbal había repartido vino a todos los hombres del ejército y raciones extra de comida entre los jinetes que habían obtenido aquel pequeño pero importante triunfo combatiendo como verdaderos dioses ante un enemigo engreído que se creía superior. Y, como para empeorar las cosas, más y más tribus de la región seguían engrosando las filas del general cartaginés bajo la promesa de este de borrar Roma de la faz de la tierra, lo que la mayoría de estas tribus veían con muy buenos ojos luego de décadas de someterse a su estricta voluntad.

     Tarquinius contuvo su respuesta y levantó la frente con orgullo cuando se acercaron los soldados cartagineses.

     —Ustedes... —dijo el primero de los custodios. La segunda palabra que utilizó no la reconocieron, pero les sonó a insulto—. Vengan.

     Pilos y Tarquinius cruzaron una mirada de inquietud y lo siguieron sin decir palabra. Estaban cerca del mediodía y la temperatura resultaba agradable gracias a las brisas de viento fresco que acariciaba sus rostros. Tarquinius pensó en Flavia y en los tiempos de lejana felicidad cuando solian recostarse sobre un manto de hierba fresca al aire libre mirando al cielo durante horas. En ese entonces, sus mayores preocupaciones giraban en torno a lo que podrían conseguir para comer momentos más tarde. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios al recordar aquello y, a medida que fueron internándose entre las tiendas del campamento de Aníbal, aquella sonrisa circunstancial se borró por completo. La mayoría de los hombres, por no decir todos, los fueron recibiendo con una nutrida y muy original variedad de insultos y amenazas que no se privaron de acompañar con algún que otro piedrazo en la espalda. Y en el mejor de los casos, un certero escupitajo en el rostro.

     Pilos gimió de dolor y maldijo en voz baja cuando un soldado cartaginés hizo brillar la hoja de su daga bajo el sol y le produjo un sutil tajo en el brazo izquierdo. El resto de sus compañeros estallaron de risa y le celebraron la saña, pero Pilos siguió caminando sin siquiera detenerse o mirarlo.

     —Hijos de puta... —soltó Tarquinius por lo bajo—. ¿Estás bien?

     Pilos asintió con un gesto de la cabeza y un gruñido.

     Luego de unos minutos interminables, llegaron al centro del campamento y se encontraron con un escenario inimaginado que les cerró el estómago. Los hombres de Aníbal habían dispuesto un amplio espacio cuadrangular a modo de arena de combate donde, para su sorpresa, llegaron a contar cerca de veinte prisioneros romanos más. Estos se presentaban desnudos y los mantenían sometidos con ambas rodillas en la tierra y la cabeza gacha. La mayoría mostraban heridas en diferentes partes del cuerpo y algunos apenas si podían mantener los ojos abiertos.

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