Capítulo 4: Camino a Roma

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     —Al menos me señalaron qué lado del camino debía tomar para llegar "a Roma" —comentó con ironía—. Ese par de...

     Marco pensó en el momento en que pudiera dar aviso a la policía acerca de aquellos dos y le costó imaginarse la escena. Sería una locura digna de verse. Digna de... digna de nada, resolvió. Sería una mierda. No podía evitar llenar su cabeza de preguntas: ¿Qué pensarían al ver las luces de las sirenas de policía o las vestimentas tan particulares que llevarían puestas? ¿Qué pensarían al ver las patrullas? ¿Creerían que son algún tipo extraño de carro? ¿¡Qué sentirían al subirse!? Vomitarían del mareo, eso seguro. ¿Qué les pasaría de allí en más? ¿Qué sería de ellos? ¿Habría más personas en su misma situación? Sería la noticia del mes. Los medios no hablarían de otra cosa.

     Consideró oportuno advertirle a la policía acerca de su tendencia innata de amenazar primero y preguntar después. Y sobre todo, advertirles acerca de aquel hermoso tridente; un dato no menor.

     Se acarició el chichón de la frente y miró hacia sus pies descalzos.

     —Debería dejarlos que se pudran... —Se giró hacia el lado contrario y gritó—: ¡Si por mi fuera, que los conquiste Cartago! ¡Arriba Aníbal!

     Se rio.

     Pese a todo, sintió pena por ellos. No quería ni imaginarse lo que sentirían al enterarse de la existencia del mundo. Después de todo, no tenían la culpa. Y lo peor de todo era que uno de ellos apenas si debería ser un puñetero mocoso de diez años.

     El estómago de Marco se quejó con un potente rugido y se llevó una mano hacia él para acariciarlo a la altura del ombligo. No había comido nada en todo el día y el sol comenzaba a ocultarse. Al parecer, además de haberse perdido el almuerzo y la merienda, también podía irse despidiendo de la cena. Resopló molesto y renegó de las piedritas sueltas en el camino de tierra que le lastimaban los pies.

     —¿Estaré en Sierra Norte? —Hablarse a sí mismo lo ayudaba a pasar el rato—. Supongo que sí. No conozco otro lugar como este cerca de la ciudad...

     El problema de estar en Sierra Norte, según pensaba, era que dependiendo de la parte en la que se encontrara, podría tardar un día entero en llegar hasta a algún lugar con gente. Sobre todo si se encontraba en el área central del gigantesco parque natural y tenía la mala suerte de elegir caminos por donde no pasara nadie.

     De la nada, se puso a tararear "Fortunate Son", de Creedence, moviendo los hombros y la cabeza al ritmo de la letra. Canturreó una y otra vez el mismo tema hasta que le mejoró un poco el estado de ánimo. Cuando se quiso dar cuenta, ya se había hecho de noche.

     —Necesito un descanso... —dijo.

     Se sentó en el suelo y estiró los brazos arqueando su espalda hacia atrás. Luego se cruzó de piernas y comenzó a masajearse sus doloridos pies mirando alrededor. Se sintió incómodo. Esa incomodidad que acompaña la noche cuando uno se siente solo y se sabe perdido.

     Al rato, se puso de pie con un claro gesto de agotamiento físico en el rostro y estiró el cuádriceps derecho tomándose del tobillo y llevándolo hacia atrás hasta que el talón le tocara la cola mientras hacía equilibrio con el brazo libre. Bajó esa pierna y repitió la acción con la otra.

     —Será mejor que siga caminando si quiero llegar a... —Sonrió adrede, intentando burlarse de su propia  situación por más que esta no le causara ninguna gracia real—. ¡Roma! ¡Quiero llegar a Roma! —gritó en latín.

     —¿¡A Roma!? —preguntó de lejos una voz masculina.

     Marco se sobresaltó y miró alrededor. No vio a nadie. Se agachó poniéndose en cuclillas con los ojos tan abiertos que parecía que las cejas iban a pegarle la vuelta a la cabeza y ocultarse detrás de su nunca.

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