Capítulo 13: Regalo

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Margen izquierda sur del río Ródano

Finales de Agosto de 531 a.G.M.


     —¿Para mí? —preguntó, y su sorpresa fue evidente. Nunca se hubiera imaginado algo así—. ¿Estás seguro?

     El mensajero volvió a confirmar con un gesto afirmativo de su cabeza y extendió con sus brazos una caja rectangular envuelta en una fina tela de color rojo.

     Tarquinius dio un paso al frente y ofreció sus palmas abiertas para recibir el paquete. Estaba emocionado. Sencillamente no podía creerlo. No recordaba cuándo había sido la última vez que alguien le había regalado algo, si es que había ocurrido antes, y, recibir un paquete del propio Quinto Fabio Máximo, para un hombre como él, se trataba sin lugar a dudas de algo fuera de lo común. El resto de su contubernium se mantuvo en silencio y se limitó a observar la escena con creciente expectativa. Hasta que Pilos repasó el entorno y lo avispó.

     —¡Tómalo ya, Tarq! Y métete dentro de la tienda —lo apremió.

     Los ojos de múltiples legionarios se posaron en Tarquinius y en el mensajero. La mayoría de aquellas miradas iracundas solo podían reflejar una cosa: envidia. Tarquinius también los vio y oyó los murmullos y comentarios que hacían los hombres que lo rodeaban por lo bajo. 

     Con cuidado de no romper nada y con cierto apuro, tomó el paquete con sus manos y lo afirmó bajo su brazo. Luego agradeció al mensajero, que lo miró de arriba a abajo con un dejo de desprecio al despedirse con un simple gruñido, y miró a Pilos.

     —Adentro —le dijo este en tono seco, como un padre que retara a su hijo.

     El paquete quedó en el centro de la tienda y sus ocho convivientes sentados en el suelo alrededor de él. Se parecían más a un grupo de montañistas alrededor de una fogata en una noche de invierno que a un grupo de legionarios a punto de abrir un regalo.

     —¿Qué creen que sea? —preguntó Marcelo. Después de Pilos, el hombre que mejor le caía a Tarquinius.

     —Puede que sea un jarrón muy valioso... —aventuró Valerio.

     —¿Cómo va a ser un jarrón, tonto? ¿Para qué querría Tarquinius un jarrón en pleno campamento del ejército? —le dijo Pilos.

     —Bueno, no sé... ¿Por qué no lo abres y ya? —se defendió Valerio apurando a Tarquinius.

     Tarquinius asintió con una sonrisa de oreja a oreja y comenzó a desenvolver la tela con suavidad. Pilos lo observó; estaba seguro de que si fuera por él, Tarquinius hubiera seguido contemplando el paquete intacto durante horas.

     —¿Qué es esto? —preguntó Tarquinius al terminar de quitar la tela.

     Tomó la tablilla que había quedado al descubierto y la miró en todas las posiciones y ángulos que le fue posible ponerla.

     —A mí no me mires —dijo Marcelo.

     —Ni a mí —se sumó Valerio.

     El resto de los hombres negó con la cabeza.

     —Venga, dámela —se ofreció Pilos—. Yo la leeré.

     —Podrías enseñarnos a leer, algún día de estos... —comentó Valerio.

     Varios asintieron, entre ellos Tarquinius, y otros volvieron a negar con la cabeza sin ningún tipo de interés por aprender aquello.

     —¿A ustedes? —Se rio—. Sería más fácil enseñarle a dar la pata a un jabalí salvaje.

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