Roma, dos días después
El derrotero de legionarios caídos en desgracia volviendo a Roma con la vergüenza como estandarte se produjo poco a poco con el correr de los días. Legionarios vencidos, huidos de la batalla y con sed de revancha. Con excepción de las fuerzas de caballería, la mayoría de ellos llegaron a pie en grupos de más de cincuenta o sesenta personas. Romanos que se fueron encontrando a lo largo del camino y que lograron fortalecerse manteniéndose unidos luego de la desbandada producida en Trasimeno.
Para todos ellos, volver a Roma no solo representaba haber salvado la vida de una nueva y humillante derrota. Era una oportunidad para recuperar el aliento y la esperanza. De volver a tomar las armas el día de mañana cuando su ciudad lo demandase. Era la incontrolable necesidad de volver a verse las caras con el ejército cartaginés.
Roma siempre se recuperaba.
—Míralos... —dijo Pilos, señalándole a Tarquinus a un grupo de tres legionarios que se notaba que acababan de volver de la batalla—. Parecen espectros...
Tarquinius negó con la cabeza mirando al suelo.
Myra rio con sarcasmo.
—Ustedes dos no se vieron las caras, ¿verdad?
Pilos se ubicó a su lado y le apoyó una mano en el hombro.
—Asumo que tú no te viste la tuya.
Myra se quitó del hombro la mano de Pilos y mantuvo la vista al frente como toda respuesta.
—Debe ser sorprendente para ti ver una ciudad como Roma, Myra... —agregó Marco—. Digo... por lo que estás acostumbrada a ver...
Terminó la frase y se arrepintió de haberla dicho. Había sonado mucho peor de como la había pensado en su mente.
Pilos se rio con nerviosismo.
—Ya se acostumbrará al esplendor de Roma... solo tiene que... bueno, amigarse con la ciudad y sus costumbres. Solo eso.
La guerrera gala disfrazada de romana le dirigió una mirada extraña. No estaba segura si Pilos se tomaba la libertad de asumir cosas por ella y si se trataba de una expresión de deseo.
—¿Qué te hace pensar que voy a quedarme aquí? —preguntó mostrándose indiferente. Aunque los nervios le jugaron una mala pasada y dejó deslizar cierto entusiasmo en su tono de voz, más finito de lo habitual. Carraspeó—. Me iré de aquí en cuánto las cosas se calmen.
Pilos negó con las manos.
—No, no... no digo que vayas a quedarte en Roma. Me refiero a que creí..., pero por supuesto, si no quieres, no quieres... eso está claro. Eres libre. ¿No quieres?
Myra se dirigió a Marco.
—Es cierto, no estoy acostumbrada a ver este tipo de construcciones —admitió—. Y estoy bastante segura de que la mayoría de las personas tampoco lo están. Como tú, antes de salir del poblado ese de Hispania del que provienes y llegar hasta aquí sintiéndote tan romano.
—Uuuh... —soltó Tarquinius. Miró a Marco—. Perdón.
—No pretendía ofenderte... —respondió Marco—. Aunque sí he visto otras ciudades.
—¿Sevilla? —bromeó Décimo, y soltó una carcajada divertida que le duró muy poco—. Mierda... no puedo ni reírme que me late el cerebro...
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Sevillano
Ficción HistóricaMarco, un joven sevillano apasionado por la historia y a punto de recibirse de profesor en la materia, despierta en la Roma de Publio Cornelio Escipión: uno de los personajes históricos que más admira y de los que más conoce. Situación que lo maravi...
