Roma, 531 a.G.M.
Dos días después.
Habían pagado sus tragos, el cerdo asado y hasta se habían dado el lujo de dejar una pequeña propina gracias a que Tarquinius contaba con el adelanto de su primer pago al servicio de las legiones. Se sentía de un humor espléndido. Como nuevo legionario del ejército, avanzaba por las calles de Roma a paso firme y seguro, sacando el pecho y con la mirada en alto. Lucía su uniforme con orgulloso y se ocupaba de que ni una sola mota de polvo se posara en él. Flavia caminaba a su lado aferrada a su brazo musculoso. Sonreía. Por primera vez en mucho tiempo sonreía conforme con el curso que estaba tomando su vida. No estaba muy segura si aquello era felicidad, pero si no lo era, se le parecía mucho. Haber viajado a Roma con Tarquinius había sido todo un acierto: dormía en una habitación modesta que le brindaba un techo seguro a un precio aceptable, había conseguido trabajo en la misma posada donde se quedaba y su mejor amigo estaba cumpliendo su mayor deseo. En general, su situación no podía ser mejor.
Y estaba Marco.
Flavia volvió a mirar a Tarquinius. El status de legionario le había otorgado un cierto porte digno de respeto. Lo veía sonreír a él también, incluso más que ella. Por décima vez, Tarquinius se miró las fachas y se aseguró de llevar la espalda recta, como quien recupera su dignidad perdida u olvidada. En eso, el grandulón musculoso dejó de mirar el camino por mirar al frente y tropezó con una piedra suelta de la calle, trastabilló varios pasos de manera destartalada buscando recuperar el equilibro y rodó sobre su hombro en el último paso para finalmente volver aponerse de pie acomodándose el pelo.
Flavia soltó un carcajada.
—¿Ya estás borracho? ¡Eres un blandito!
—¡No soy ningún blandito!
—Pues caíste como uno —dijo Flavia imitando los pasos de torpeza que había dado su amigo antes de rodar.
Tarquinius la vio imitarlo y se esforzó por no reírse mientras procuraba sacarse el polvo que se le había adherido a la ropa.
—Tomé la misma cantidad que tú... ¿Crees que esas medidas de infante son suficientes para embriagar este cuerpito?
—¡Ay, Tarq! Cómo voy a extrañarte cuando te vayas...
Sin darse cuenta, el clima de diversión se esfumó por completo. Flavia caminó hasta ponerse frente a él y lo besó en los labios.
—Flavia...
—Prométeme que volverás —Lo miró con ojos vidriosos y le peinó su cabellera castaña con los dedos de la mano.
—Te lo prometo —aseguró. Aunque bien podía estar mintiendo sin siquiera saberlo.
—No quiero que hagas ninguna estupidez. Si tu vida corre peligro, huye.
Tarquinius sonrió poniendo su cara de costado.
—Sabes que no puedo hacer eso. Los legionarios que huyen...
—Sé lo que les pasa a los legionarios que huyen, Tarq, pero la vida es más importante que el honor.
Tarquinius meneó la cabeza en desacuerdo y la atrajo hacia él para abrazarla.
—No me pasará nada, confía en mí.
—Siempre confío en ti. Eso no va a cambiar nunca.
Se separaron. Tarquinius miró la túnica blanca de Flavia y trató de hacerse el tonto confiando en que la oscuridad de la noche evitara que ella se diera cuenta que le había pasado buena parte de su propia suciedad.
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Sevillano
Fiksi SejarahMarco, un joven sevillano apasionado por la historia y a punto de recibirse de profesor en la materia, despierta en la Roma de Publio Cornelio Escipión: uno de los personajes históricos que más admira y de los que más conoce. Situación que lo maravi...
