Roma
Finales de Septiembre de 531 a.G.M.
—¿Hacia dónde se ha ido? —preguntó Marco al salir de su habitación momentos después.
Adriano lo miró con cierta indiferencia. A Marco le resultó evidente que se había escuchado todo. De mala gana, el dueño de la posada señaló con la mano en diagonal hacia arriba y volvió a sus asuntos fingiendo concentración. Marco miró al piso de arriba y detuvo su mirada en la puerta de su antiguo cuarto: aquel que habían compartido con Tarquinius las noches previas a su partida y en el que dormían antes de que Publio le ofreciera a Marco una generosa cantidad de dinero por transcribir los rollos acumulados en la biblioteca de su padre; en definitiva, lo que les había permitido rentar la mejor habitación de la posada: la más espaciosa y, según con qué ojos se mirara, la más lujosa.
Marco le agradeció a Adriano con un asentimiento que este ignoró y encaró hacia las escaleras. Flavia escuchó los pasos que supuso eran de Marco acercándose hasta su puerta y se secó las lágrimas que humedecían sus mejillas con su vestido.
Marco golpeó la puerta con suavidad y pegó la frente contra la madera.
—Flavia, ¿puedo entrar? —preguntó en voz baja.
Flavia enderezó la espalda y se acomodó el pelo de manera tal que buena parte de su cabellera rubia quedara sobre sus hombros. Se aclaró la garganta y adoptó una expresión seria.
—¡No!
Marco se la imaginó del otro lado de la puerta haciendo gala de su personalidad en su máxima expresión: espalda recta, frente en alto, hombros hacia atrás y mirada fiera. Tan típico de ella que, si no hubiera sido por la situación actual, hubiera sonreído. Marco relajó los hombros, describió un círculo con la cabeza aflojando el cuello y sopló con fuerza dispuesto a abrir la puerta.
—Entraré igual, Flavia, tenemos que habl...
Flavia abrió la puerta de un tirón y se hizo a un lado parándose junto a ella. Miró a Marco a los ojos y lo señaló con un dedo.
—Entrarás porque yo te dejo pasar, no porque tú quieres.
—Muy bien... —aceptó—. Me parece justo.
Marco ingresó a la habitación y miró alrededor. Le fue inevitable recordar la primer noche que había pasado allí, cuando apenas si había descubierto que había viajado en el tiempo. Volvió a pensar en su amigo Diego y en Ana, y sintió una punzada en la boca del estómago: ni siquiera sabía si Diego seguía con vida.
Flavia cerró la puerta y Marco volvió a su realidad.
—¿Qué se te olvidó? —preguntó Flavia.
—Flavia, ¿qué haces aquí?
—Pues me adapto. ¿No dices siempre que la mejor manera de sobrevivir es adaptarse? Bueno, me estoy adaptando a mi nueva vida.
—No tienes que volver a este cuarto. El que tenemos ahora...
—El que tenemos ahora, ¿qué? —lo interrumpió—. Con lo que gane trabajando aquí en la posada apenas si me alcanzará para pagar este. ¿Crees que Adriano me dejará en aquel cuarto por mi bella sonrisa? —Marco abrió la boca para hablar—. Ya te lo digo yo: ¡no!
Marco distinguió el leve temblor en el labio inferior de Flavia: lo que menos le preocupaba a ella era la calidad del cuarto en el que durmiera. Flavia no quería quedarse sola, tenía miedo, al igual que él.
—Flavia, si lo que te preocupa es eso, Publio ha ordenado que mi paga se envíe aquí con regularidad.
Flavia se sentó en la cama y se tapó la cara con las manos. Luego levantó la vista hacia él y hundió los dedos en su cabellera peinándose hacia atrás. Tenía los ojos llorosos.
—¿Cómo un hombre como tú puede ser tan encantador y tan estúpido al mismo tiempo?
Marco dudó si responder a la pregunta o si tomarla como retórica. Sin embargo, aquello de encantador le había gustado. Se sonrojó.
—Tan Flavia... —musitó. Por supuesto, ella lo escuchó.
—No tienes que ir con Publio, Marco. Si su padre lo ha llamado para la guerra, bien por él. Es el hijo del cónsul y tiene la obligación de hacerlo. Pero tú no... —Abrió los brazos y los dejó caer pegándose en los costados de las piernas—. Ni siquiera sabes empuñar un arma decentemente.
Marco levantó un dedo.
—Eso no es del todo cierto. —Y sacó pecho—. He estado practicando con uno de los guardias de Publio y créeme que he mejorado bastante. ¿Te conté que se me da muy bien la ballesta?
Flavia revoleó los ojos y se mordió el labio.
—Cien veces.
Marco se acercó a Flavia y la ayudó a pararse. Quedaron cara a cara.
—Flavia, quisiera quedarme contigo, lo digo en serio. Pero no puedo negarme al pedido de Publio. Debo ir con él. Quiere que lo acompañe y yo... —No supo bien cómo decirle que él sabía todo lo que fuera a ocurrir en esta guerra y que ahora tenía la oportunidad de ser parte de la historia. De la historia grande de Roma—. No sabes lo que esto significa para mí.
—No quiero quedarme sola, Marco. No sin ti —admitió. Flavia miró por la ventana; era de noche y comenzaba a refrescar. Volvió a dirigirse a Marco—. ¿Y si te pidiera que te quedaras? —Se miraron a los ojos y Flavia tragó saliva tomando coraje—. ¿Qué significo yo para ti?
Marco no supo qué responder. Tener a Flavia tan cerca suyo y con esa mirada intensa calando hondo en su interior le hacía temblar las rodillas y poner cara de bobo. Involuntariamente, se llevó una mano a su cabeza para acomodarse los rulos y se pasó la lengua por los labios. Un fuerte arranque de nerviosismo lo hizo reírse y sintió presión en su estómago. Tampoco supo bien cómo decirle que se estaba enamorando de ella, así que no lo hizo.
—Es muy diferente —dijo con voz temblorosa. Y bajó la mirada: no eran nervios lo que ejercía aquella presión en su estómago, era el cuerpo de Flavia—. Tú...
Flavia se colgó de sus hombros y lo besó con pasión.
Todavía les quedaba una noche, pensó ella. Una última noche antes de que Marco partiera junto a Publio hacia la guerra y tal vez nunca más volviera a verlo.
Marco logró separarse de ella a pura fuerza de voluntad y tomó un poco de aire. Luego la sujetó por los brazos y la observó. Lo que vio le gustó: siempre le había gustado. Apoyó sus manos en las mejillas de Flavia y desplegó su mejor y más auténtica sonrisa antes devolver a besarla. Ella lo agarró de la mano y lo llevó hacia la cama mientras dejaba caer su vestido por uno de sus hombros.
—No hagamos ruido —pidió él, al tiempo que la ayudaba a desvestirse—. Creo que se escucha todo.
—Tan Marco... —dijo ella sonriendo, y lo atrapó con sus piernas.
Momentos más tarde, Adriano miró hacia arriba y silbó agitando los dedos de una mano. Las dos personas que se encontraban comiendo en la única mesa ocupada de la posada se rieron con el gesto y pidieron otra ronda de cerveza.
Una última noche. Una última y larga noche.
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Sevillano
Historical FictionMarco, un joven sevillano apasionado por la historia y a punto de recibirse de profesor en la materia, despierta en la Roma de Publio Cornelio Escipión: uno de los personajes históricos que más admira y de los que más conoce. Situación que lo maravi...
